26 de marzo de 2015

Una mirada a la oscuridad

La siguiente cita corresponde al epílogo de la novela semi autobiográfica A Scanner Darkly, escrita por el maestro Philip K. Dick en 1977. La obra se sitúa en un futuro distópico y retrata el consumo de drogas, tanto recreativa como abusivamente, reflexionando sobre el mismo y sus consecuencias. Esta nota final no desvela nada de la novela, simplemente hace una reflexión -e invita a reflexionar- sobre su vida y la de sus amigos, muertos o no, que fueron víctimas de adicciones terribles, y cómo llegaron a esa situación.

Esta novela se ha referido a varias personas que sufrieron un castigo excesivo por lo que habían hecho. Deseaban gozar de la vida, pero eran como niños jugando en la calle. Veían a sus amigos morir uno tras otro —atropellados, mutilados, destruidos—, pero ellos seguían jugando. Todos nosotros fuimos realmente felices durante algún tiempo, por más terriblemente breve que fuera. El posterior castigo superó todo lo imaginable: no podíamos creerlo por mucho que lo viéramos. Por ejemplo, mientras redactaba esta nota me enteré del suicidio de la persona en que estaba basado el personaje ficticio de Jerry Fabin. Un amigo mío, que luego me sirvió de modelo para describir a Ernie Luckman, murió antes de que empezara la novela. Yo también fui, durante algún tiempo, uno de estos niños que juegan en la calle. Intenté, como todos los demás, jugar en vez de crecer. Y recibí mi castigo. Soy una de las personas que aparecen en la lista que leerán casi al final de la nota, una relación de los individuos a quienes está dedicada esta novela y del estado en que quedaron.

El mal uso de la droga no es una enfermedad, sino una decisión similar a la de apartarse frente a un coche que se nos echa encima. Podría afirmarse que no es una enfermedad, sino un error de juicio. Cuando mucha gente empieza a cometer tal fallo, se trata de un error social, un modo de vida. El lema de este modo de vida particular es «Sé feliz ahora porque mañana te morirás.» Pero la muerte acontece casi instantáneamente y de la felicidad sólo queda el recuerdo. Por lo tanto, no hay otra cosa más que una aceleración, una intensificación de la existencia humana normal. La única diferencia es que este tipo de vida se desarrolla más velozmente que el ordinario. Tiene lugar en días, semanas o meses en lugar de años. Tomad el dinero contante y sonante y no os preocupéis por los intereses, como afirmara Villon en 1460. Un criterio erróneo cuando el metálico asciende a diez centavos y el interés es por toda una vida.

No hay ninguna moraleja en esta novela. Ni tampoco se trata de una visión burguesa, ya que no se afirma que los personajes cometieran el fallo de jugar cuando deberían haber estado trabajando duramente. La novela sólo explica cuáles fueron las consecuencias. En la tragedia griega, la sociedad empezó a descubrir la ciencia, o dicho de otro modo, la ley de la causalidad. Aquí, en esta novela, existe una Némesis. No una diosa del destino, porque ninguno de nosotros tuvo opción a dejar de jugar en la calle, sino, como reflejo en mi relato, extraído de lo más profundo de mi vida y de mi corazón, una Némesis terrible para aquellos que quisieron seguir jugando. No soy un personaje de esta no vela, soy la novela en sí. Como lo era todo nuestro país en esta época. Mi libro se refiere a más gente de la que yo conocí en persona, a algunos individuos cuya suerte todos pudimos conocer a través de los periódicos. Optamos por perder el tiempo con nuestros camaradas, por decir y hacer tonterías mientras grabábamos discos. Y esa fue la peor decisión que se tomó en la década de los sesenta, tanto dentro como fuera del establishment. La naturaleza nos reprimió con drásticas medidas. Hechos espantosos nos obligaron a detenernos. El «pecado» de estas personas, si es que puede hablarse de pecado, consistió en querer vivir bien siempre, y fueron castigados por ello. Pero creo, como ya he dicho al principio, que quizás el castigo fue excesivo, y prefiero considerarlo, a la manera griega o de un modo moralmente neutral, como pura ciencia, como una determinista e imparcial relación causa-efecto. Los amaba a todos. Y esta es la lista. A todos los quise y a todos les dedico ahora mi cariño:

A Gaylene, fallecida
A Ray, fallecido
A Francy, psicosis permanente
A Kathy, lesión cerebral permanente
A Jim, fallecido
A Val, lesión cerebral masiva y permanente
A Nancy, psicosis permanente
A Joanne, lesión cerebral permanente
A Maren, fallecida
A Nick, fallecido
A Terry, fallecido
A Dennis, fallecido
A Phil, lesión pancreática permanente
A Sue, lesión vascular permanente
A Jerri, psicosis permanente y lesión vascular
...y un largo etcétera.

In memoriam. Fueron mis camaradas, los mejores que he tenido. Permanecen en mi recuerdo, y el enemigo nunca será olvidado. El «enemigo» fue el error que cometieron jugando. Dejadles que vuelvan a jugar, de algún otro modo, y permitidles que sean felices.

También hay una adaptación cinematográfica dirigida por Richard Linklater, la cual recomiendo encarecidamente. Saludos.

26 de octubre de 2014

El disco de la muerte

El siguiente relato fue escrito por Mark Twain en 1899 y publicado en 1901, tras conocer los hechos referentes a la ejecución del coronel John Poyer de Pembroke (todos los detalles en este enlace). Tras años buscando una digitalización al fin he encontrado una, así que la cuelgo aquí para que puedas disfrutar de esta apasionante historia. Que yo sepa, sólo puede encontrarse en castellano en el libro Cuentos breves para leer en el bus. Disfruta.

I

Eran los tiempos de Oliver Cromwell. El coronel Mayfair era el oficial más joven de su rango en los ejércitos de la Commonwealth; sólo tenía treinta años. No obstante, a pesar de su juventud, ya era un veterano curtido por los rigores de la guerra, pues había empezado su vida militar a los diecisiete años. Participó en muchos combates, y su coraje en el campo de batalla le valió, poco a poco, su alto cargo en el servicio y la admiración de los hombres. Pero ahora se veía en serias dificultades; una sombra se cernía sobre su futuro.
Caía la noche invernal, y afuera azotaba la tormenta y la oscuridad. Adentro, reinaba el silencio melancólico, pues el coronel y su joven esposa hablaron de su dolor hasta el cansancio, leyeron la Biblia y rezaron la oración de la noche, y ya no podían hacer otra cosa que quedarse sentados, tomados de la mano, mirando el fuego, y pensar... y esperar. No tendrían que esperar mucho tiempo, lo sabían, y la esposa se estremeció al pensarlo.
Tenían una sola hija, Abby, de siete años, adorada por ambos. La niña no tardaría en bajar a darles el beso de las buenas noches, y el coronel decidió hablar en ese momento:
—Sécate las lágrimas y aparentemos alegría, por su bien. Tenemos que olvidar por ahora lo que va a ocurrir —dijo.
—Lo haré. Los guardaré en mi corazón, que se está destrozando.
—Y aceptaremos lo que nos ha de venir, y lo soportaremos con paciencia, sabiendo que Él todo lo hace con rectitud y bondad.
—Y diciendo: hágase Su voluntad. Sí, puedo decirlo desde el fondo de mi alma y mi mente... y también lo diría desde el fondo de mi corazón, si pudiera. ¡Ah, si pudiera! Si esta querida mano que oprimo y beso por última vez...
—¡Calla, mi amor! ¡Ya viene la niña!
Una pequeña figura de cabellos rizados, en camisón, se apareció por la puerta y corrió hacia su padre, que la abrazó y la besó con fervor una, dos y tres veces.
—¡Papi! No me beses así, que me enredas el cabello.
—Ah, lo siento, lo siento mucho. ¿Me perdonas, querida?
—Pero por supuesto, papi. Pero ¿de verdad lo sientes? ¿No estás fingiendo, y realmente lo sientes?
—Bueno, juzga por ti misma, Abby —y el coronel se cubrió la cara con las manos y simuló sollozar.
La niña se llenó de remordimientos al ver el hecho trágico que había causado, y empezó a llorar, a tirar de las manos de su padre y a decir:
—¡Ay, no, papi, por favor no llores! Abby no lo dijo en serio; Abby nunca lo volverá a hacer. Por favor, papi. —Mientras tiraba y se esforzaba por separar los dedos, vio fugazmente un ojo detrás de la mano, y exclamó—: Ah, papi travieso, ¡no estás llorando! ¡Es una broma! Y ahora Abby se va con su mamá, porque tú no tratas bien a Abby.
La niña intentó bajarse, pero su papá la abrazó con fuerza y le dijo:
—No, quédate conmigo, querida. Papi se portó mal y lo admite, y lo siente mucho. Ahí está, déjalo que te bese las lágrimas; le pide perdón a Abby, y hará todo lo que Abby le diga que debe hacer, como castigo. Ya los besos secaron las lágrimas y ni uno de los rizos se despeinó..., y lo que Abby mande...
Y se reconciliaron; en un instante volvió la alegría y se le iluminó la cara a la niña, que empezó a acariciar las mejillas de su papá, mientras nombraba el castigo:
—¡Un cuento! ¡Un cuento!
¡Atención!
Los padres contuvieron el aliento y escucharon. ¡Pasos, apenas perceptibles entre las ráfagas de viento! Se acercaban poco a poco —más fuertes, más fuertes—, y luego pasaron de largo y desaparecieron. Los padres respiraron aliviados, y el papá dijo:
—¿Quieres un cuento, dijiste? ¿Alegre?
—No, papi, uno de miedo.
El padre quería contar un cuento alegre, pero la niña insistía en sus derechos... Tal como acordaron, podía obtener lo que ordenara. El coronel era un buen soldado puritano y había dado su palabra. Se dio cuenta de que tenía que respetarla.
—Papi —explicó la niña—, no tienes que contarme cuentos alegres todo el tiempo. La niñera dice que la gente no siempre vive momentos felices. ¿Es cierto, papi? Ella dice eso.
La mamá dio un suspiro, y volvió a pensar en sus problemas.
—Es cierto, querida —respondió el padre, con suavidad—. Siempre llegan las preocupaciones. Es una lástima, pero es verdad.
—Ah, entonces cuéntame algún cuento sobre ellas, papi..., uno de miedo, así todos temblamos y hacemos como que nos pasa a nosotros. Mami, acércate y toma a Abby de la mano, de modo que si es demasiado terrible, va a ser más fácil que lo soportemos todos juntos, sabes. Ya puedes empezar, papi.
—Bueno, había una vez tres coroneles...
—¡Ah, qué bien! Yo conozco coroneles. Es fácil, porque tú eres uno y sé cómo se visten. Sigue, papi.
—Y durante una batalla cometieron una falta de disciplina.
Las palabras importantes le resultaron agradables a Abby, y levantó la vista, llena de asombro y de interés:
—¿Eso se come? ¿Es rico, papi? —preguntó.
Los padres esbozaron una sonrisa, el coronel contestó:
—No, es otra cosa, querida. Se extralimitaron en el cumplimiento de sus órdenes.
—¿Y eso se...?
—No, tampoco se come, igual que lo otro. Se les ordenó simular un ataque a un puesto muy defendido durante una batalla ya casi perdida, con el fin de dispersar al enemigo para que las fuerzas de la Commonwealth tuvieran la posibilidad de retroceder; pero, llevados por el entusiasmo, pasaron por alto las órdenes y convirtieron la simulación en un hecho real. Tomaron el puesto por asalto, salieron victoriosos y ganaron la batalla. El general se puso furioso por su desobediencia. Los elogió mucho, pero los mandó a Londres para que los sometieran a juicio.
—¿Ése es el gran general Cromwell, papi?
—Sí.
—¡Ah, yo lo he visto, papi! Y cuando pasa delante de nuestra casa, tan magnífico en su caballo grande, con los soldados, parece tan..., tan..., bueno, no sé cómo, sólo que parece que no está contento, y se nota que la gente le tiene miedo. Pero yo no le tengo miedo, porque a mí no me mira así.
—Ah, mi querida charlatana. Bueno, los coroneles fueron a Londres como prisioneros y, bajo su palabra de honor, les permitieron ir a ver a sus familias por última...
¡Atención!
Se quedaron escuchando en silencio. De nuevo pasos, pero una vez más siguieron de largo. La mamá recostó la cabeza sobre el hombro de su marido para ocultar su palidez.
—Llegaron esta mañana.
La niña abrió los ojos, llenos de asombro.
—Pero, papi, ¿es un cuento verdadero?
—Sí, querida.
—¡Qué bueno! Así está mucho mejor. Sigue, papi. Pero ¡mami! Querida mami, ¿estás llorando?
—No me hagas caso, preciosa. Estaba pensando en..., en... las pobres familias.
—Pero no llores, mami; todo va a salir bien..., vas a ver; los cuentos siempre terminan bien. Sigue, papi, hasta la parte en que vivieron felices y comieron perdices; así ya no va a llorar. Ya vas a ver, mami. Sigue, papi.
—Antes de dejar que volvieran a su casa, los llevaron a la Torre.
—¡Ah, yo conozco la torre! Desde aquí podemos verla. Sigue, papi.
—Sigo lo mejor que puedo... bajo las circunstancias. En la Torre la corte militar los juzgó durante una hora, los declaró culpables y los condenó a ser fusilados.
—¿A morir, papi?
—Sí.
—¡Ay, qué malos!
—Querida mami, estás llorando otra vez. No lo hagas, mami; pronto va a llegar a la parte buena..., vas a ver. Apúrate, papi. Hazlo por mami. Tienes que contarlo más rápido.
—Sí, lo sé, pero es porque me detengo mucho a reflexionar, supongo.
—Pero no debes hacerlo, papi. Tienes que seguir adelante.
—Muy bien, pues. Los tres coroneles...
—¿Los conoces, papi?
—Sí, mi amor.
—Ay, a mí me gustaría conocerlos. Me encantan los coroneles. ¿Crees que me dejarían que les diera un beso?
Al coronel le tembló un poco la voz cuando le respondió:
—Uno de ellos, sí, preciosa. A ver..., dame un beso por él.
—Toma, papi..., y estos dos son para los otros. Creo que sí me dejarían que los besara, papi, porque les diría: «Mi papá también es un coronel, y muy valiente, y él hubiera hecho lo mismo que ustedes, así que no puede ser tan malo, digan lo que digan esas personas, y no tienen que avergonzarse de nada.» Entonces me dejarían besarlos, ¿no es cierto, papi?
—¡Dios sabe que sí, hija mía!
—Mami..., ay, mami, no debes llorar. Ya va a llegar a la parte feliz. Sigue, papi.
—Entonces, algunos se arrepintieron... en realidad, todos. Me refiero a la corte militar. Y fueron a ver al general, y le dijeron que habían cumplido con su deber —porque era su deber, sabes—, y ahora le rogaban que perdonara a dos de los coroneles y que sólo fusilaran al otro. Les parecía que uno sería suficiente como ejemplo para el ejército. Pero el general era muy severo y les reprochó que, habiendo llevado a cabo su deber y aliviado su conciencia, quisieran inducirlo a ser menos y mancillar de ese modo su honor de soldado. Pero le respondieron que no le estaban pidiendo nada que ellos mismos no harían si ocuparan tan alto cargo y tuvieran en sus manos la prerrogativa del perdón. Eso lo impresionó. Hizo una pausa y se quedó pensando, mientras desaparecía la severidad de su rostro. Entonces les pidió que esperaran y se retiró a su gabinete a pedirle consejo a Dios por medio de la oración. Y cuando volvió a salir, les comunicó: «Harán un sorteo. Lo decidirán ellos, y dos conservarán la vida.»
—¿Y lo hicieron, papi, lo hicieron? ¿Y cuál va a morir? Ay, pobre hombre.
—No. Se negaron.
—¿No lo hicieron, papi?
—No.
—¿Por qué?
—Dijeron que el que sacara el grano fatal se condenaría a sí mismo a morir a través de un acto voluntario, y eso no sería otra cosa que suicidio, lo llames como lo llames. Afirmaron que eran cristianos y que la Biblia les prohibía a los hombres que se quitaran la vida. Enviaron esa respuesta y dijeron que estaban listos... y que ejecutaran simplemente la sentencia de la corte.
—¿Eso qué quiere decir, papi?
—Que..., que los van a fusilar.
¡Atención!
¿El viento? No. Tram... tram... r-r-r-amble, damdam... r-r-r-amble, damdam...
—¡Abran! ¡En nombre del general!
—Ay, qué bueno, papi. ¡Son los soldados! ¡Me gustan los soldados! ¡Déjame abrirles, papi, déjame a mí!
Pegó un salto, corrió hacia la puerta y la abrió, gritando contenta:
—¡Pasen, pasen! Aquí están, papi. ¡Granaderos! ¡Conozco a los Granaderos!
Entraron los soldados y se pusieron en fila con las armas al hombro. El oficial saludó, mientras el coronel condenado se mantenía derecho y devolvía el saludo. Su esposa estaba a su lado, pálida y con las facciones contraídas por el sufrimiento interno, pero sin dar ninguna otra muestra de dolor, en tanto la niña observaba el espectáculo con ojos chispeantes...
Un largo abrazo, del padre, la madre y la niña. Luego la orden: «A la Torre... ¡Marchen!» Entonces el coronel salió de la casa marchando con paso y porte militar, seguido de la fila de soldados. Entonces, se cerró la puerta.
—Ay, mami. ¿No es cierto que resultó lindo? Te lo dije, y se van a la Torre, y papi los va a ver. Él...
—Ah, ven a mis brazos, pobre niña inocente...

II

A la mañana siguiente, la afligida madre no pudo dejar la cama. Los médicos y las enfermeras estaban a su lado y de vez en cuando susurraban entre ellos. A Abby no le permitían entrar en la habitación y le dijeron que saliera a jugar, que mamá estaba muy enferma. La niña, bien abrigada, salió y jugó en la calle un rato, pero entonces le pareció raro, y también mal, que su papá estuviera en la Torre sin saber lo que estaba ocurriendo en su casa. Había que remediar esa situación, y ella lo haría en persona.
Una hora después, la corte militar recibió órdenes de presentarse ante el general. Éste se encontraba de pie, ceñudo y en posición rígida, con los nudillos apoyados sobre la mesa, y les indicó que estaba listo para escuchar el informe.
—Les hemos pedido que vuelvan a considerar su decisión —dijo el portavoz—, se lo hemos implorado. No obstante, insisten. No van a hacer el sorteo. Están dispuestos a morir, pero no a profanar su religión.
La cara del regente se ensombreció, pero no dijo nada. Se quedó pensando un rato y luego expuso:
—No morirán los tres. Otros harán el sorteo —los rostros de los miembros de la corte brillaron de gratitud—. Vayan a buscarlos y ubíquenlos en esa habitación. Que se coloquen uno junto al otro, con la cara vuelta hacia la pared y las muñecas cruzadas a la espalda. Avísenme en cuanto estén allí.
Cuando se quedó solo, se sentó y de inmediato le dio una orden a un asistente:
—Vaya y tráigame al primer niño que pase por la puerta.
El soldado no demoró ni un segundo en volver; llevaba de la mano a Abby, cuya ropa estaba apenas cubierta de nieve. La niña fue derecho hacia el jefe de Estado, ese formidable personaje que hacía temblar a los soberanos y poderosos de la tierra ante la sola mención de su nombre, y se sentó en su regazo:
—Lo conozco, señor —dijo la niña—. Usted es el general. Lo he visto. Lo he visto mientras pasaba delante de mi casa. Todos le tenían miedo, pero yo no, porque usted no parecía enojado conmigo. Lo recuerda, ¿verdad? Llevaba puesto mi vestido rojo con adornos azules en la parte de adelante. ¿No se acuerda?
Una sonrisa suavizó las líneas austeras de la cara del regente, y se esforzó por encontrar una respuesta diplomática:
—Esto..., déjame ver..., yo...
—Me encontraba justo delante de la casa, mi casa, ¿sabe?
—Bueno, linda criaturita, debería sentirme avergonzado, pero te diré que...
La niña lo interrumpió, con tono de reproche:
—Ya veo: no lo recuerda. ¿Por qué? Yo no me olvidé de usted.
—Ahora sí que me siento avergonzado, pero no te voy a olvidar otra vez, querida niña. Te doy mi palabra. ¿Podrás disculparme, por un momento? Y seguiremos siendo buenos amigos para toda la vida, ¿verdad?
—Sí, de verdad que sí. No sé cómo pudo olvidarlo. Debe ser muy olvidadizo, pero yo también lo soy a veces. De todos modos, puedo perdonarlo sin ningún problema, pues creo que usted quiere ser bueno y hacer bien las cosas, y creo también que es muy bondadoso..., pero tiene que darme un abrazo, como hace papi. Hace frío.
—Te daré todos los abrazos que quieras, linda amiguita, y serás mi vieja amiga para siempre, de aquí en adelante, ¿no es cierto? Me recuerdas a mi hija cuando era niña. Ya no lo es, pero era amable, dulce y delicada como tú. Tenía tu encanto, pequeña hechicera, tu irresistible y dulce confianza en los amigos y en los extraños por igual, esa confianza que somete a voluntaria esclavitud a todo aquel que reciba su precioso halago. Solía quedarse en mis brazos, como lo haces tú ahora, y alejaba con su encanto el cansancio y las preocupaciones de mi corazón, y le daba paz, como lo haces tú ahora. Éramos camaradas e iguales, y compañeros de juego. Hace ya mucho tiempo que desapareció y se desvaneció ese agradable paraíso, pero tú me lo has traído de nuevo. ¡Recibe por ello la bendición de un hombre agobiado, pequeña criatura, tú que soportas el peso de Inglaterra mientras yo descanso!
—¿La quería usted mucho, mucho, mucho?
—Ah, a ver qué opinas: ella daba órdenes y yo obedecía.
—Creo que usted es encantador. ¿Quiere darme un beso?
—Con gusto... y, además, lo considero un privilegio. Toma... Éste es para ti, y éste es para ella. Sólo me lo pediste y podrías habérmelo ordenado, porque la representas, y lo que mandas, debo obedecer.
La niña aplaudió encantada ante la idea de esa gran promoción, y entonces oyó un ruido cercano, el paso fuerte y regular de hombres marchando.
—¡Soldados, soldados, general! ¡Abby quiere verlos!
—Los verás, querida, pero espera un momento. Tengo que encargarte una misión.
Entró un oficial e hizo una profunda reverencia.
—Ya llegaron, Alteza —anunció, volvió a hacer una reverencia y se retiró.
El jefe de Estado le dio a Abby tres pequeños discos de cera, dos blancos y uno rojo subido: pues esta misión sellaría la muerte del coronel al que le tocara el rojo.
—¡Ah, qué lindo disco rojo! ¿Son para mí?
—No, querida niña. Son para otros. Levanta la punta de esa cortina, allí, que oculta una puerta abierta; crúzala y vas a ver a tres hombres en fila, de espaldas a ti y con las manos atrás..., así..., cada uno con una mano abierta... igual que una taza. Pon una de estas cosas en cada una de las manos abiertas, y luego regresa a donde estoy yo.
Abby desapareció detrás de la cortina, y el regente se quedó solo.
—Sin duda —dijo, piadosamente—, se me ha ocurrido ese buen pensamiento durante mi estado de perplejidad, y me lo ha enviado Él, que siempre está presente para ayudar a los que vacilan y buscan Su auxilio. Él sabe dónde debe recaer la elección, y ha enviado a Su mensajero libre de pecado para que se cumpla Su voluntad. Otro se equivocaría, pero Él no se equivoca. Los caminos del Señor son maravillosos y sabios... ¡Bendito sea Su santo nombre!
La pequeña hada cerró la cortina tras ella y se detuvo un instante para examinar con curiosidad y avidez el mobiliario de la cámara nefasta, las rígidas figuras de la soldadesca y los prisioneros. Entonces se le iluminó la cara de alegría, y se dijo: «¡Caramba, uno de ellos es papi! Reconozco su espalda. ¡Le voy a dar el más bonito!» Se acercó contenta y dejó caer los discos en las manos abiertas; luego se asomó por debajo del brazo de su papá, levantó el rostro sonriente y exclamó:
—¡Papi! Mira lo que tienes. ¡Te lo di yo!
El padre le echó un vistazo al regalo fatal, cayó de rodillas y, en un paroxismo de amor y compasión, estrechó contra su pecho a su inocente y pequeño verdugo. Los soldados, los oficiales, los prisioneros en libertad, todos se quedaron paralizados por un instante ante la enormidad de la tragedia. Pero entonces la conmovedora escena les rompió el corazón, se les llenaron los ojos de lágrimas y lloraron sin pudor. Durante unos minutos, hubo un silencio profundo y reverente. Luego el oficial de la guardia se adelantó, de mala gana, y tocó al prisionero en el hombro, mientras le decía, con suavidad:
—Me apena, señor, pero el deber me lo ordena.
—¿Ordena qué? —preguntó la niña.
—Tengo que llevármelo. Lo siento mucho.
—¿Llevárselo? ¿Adónde?
—A..., a... ¡Dios me ayude! A otro lado de la fortaleza.
—Pero no puede. Mi mamá está enferma y voy a llevarlo a casa. —La niña se soltó, trepó sobre la espalda de su padre y le pasó los brazos alrededor del cuello—. Abby ya está lista, papi. Vamos.
—Mi preciosa niña, no puedo. Debo irme con ellos.
La niña saltó al suelo y miró a su alrededor, perpleja. Entonces corrió hacia el oficial, pegó una patada en el suelo, indignada, y le gritó:
—Le dije que mi mamá está enferma, y debería escucharme. Suéltelo. ¡Debe hacerlo!
—Ay, pobre niña. Ojalá Dios me lo permitiera, pero realmente debo llevármelo. ¡Atención, guardias! ¡En fila! ¡Armas al hombro...!
Abby desapareció como un rayo.
No tardó en regresar, arrastrando al general de la mano. Ante aquella formidable aparición, todos los presentes asumieron la posición de firmes, los oficiales hicieron el saludo y los soldados presentaron armas.
—¡Deténgalos, señor! Mi mamá está enferma y necesita a mi papá. Les dije que lo soltaran, pero no me escucharon ni me hicieron caso, y se lo están llevando.
El general se quedó inmóvil, como aturdido.
—¿Tu papá, hija mía? ¿Él es tu papá?
—Pero por supuesto. Siempre lo ha sido. ¿Acaso le hubiera dado el lindo disco rojo a otro, cuando quiero tanto a mi papi? ¡No!
Una expresión de horror transfiguró la cara del regente.
—¡Que Dios me ayude! —exclamó—. ¡Por culpa de las artimañas de Satanás he cometido el acto más cruel que puede cometer un hombre! Y no tiene remedio, no tiene remedio. ¿Qué puedo hacer?
Angustiada e impaciente, Abby exclamó:
—¿Por qué no les dice que lo suelten? —y empezó a llorar—. ¡Dígales que lo hagan! Usted me dijo que diera órdenes, y ahora, la primera vez que le ordeno que haga algo, no lo hace.
Una luz suave iluminó el rostro viejo y arrugado, y el general posó la mano sobre la cabeza de la pequeña tirana.
—Gracias a Dios —dijo— por esa promesa impensada, ese accidente que nos ha salvado, y gracias a ti, inspirada por Él, por recordarme mi juramento olvidado. ¡Ah, niña incomparable! Oficial, obedezca sus órdenes..., ella habla por mí. El prisionero está perdonado. ¡Déjelo en libertad!

2 de noviembre de 2011

Némesis

´
A través de las puertas del sueño custodiadas por los ghoules,
Más allá de los abismos de la noche iluminados por la pálida luna,
He vivido mis vidas sin número,
He sondeado todas las cosas con mi mirada;
Y me debato y grito cuando rompe la aurora, y me siento
Arrastrado con horror a la locura.

He flotado con la tierra en el amanecer de los tiempos,
Cuando el cielo no era más que una llama vaporosa;
He visto bostezar al oscuro universo,
Donde los negros planetas giran sin objeto,
Donde los negros planetas giran en un sordo horror,
Sin conocimiento, sin gloria, sin nombre.

He vagado a la deriva sobre océanos sin límite,
Bajo cielos siniestros cubiertos de nubes grises
Que los relámpagos desgarran en múltiples zigzags,
Que resuenan con histéricos alaridos,
Con gemidos de demonios invisibles
Que surgen de las aguas verdosas.

Me he lanzado como un ciervo a través de la bóveda
De la inmemorial espesura originaria,
Donde los robles sienten la presencia que avanza
Y acecha allá donde ningún espíritu osa aventurarse,
Y huyo de algo que me rodea y sonríe obscenamente
Entre las ramas que se extienden en lo alto.

He deambulado por montañas horadadas de cavernas
Que surgen estériles y desoladas en la llanura,
He bebido en fuentes emponzoñadas de ranas
Que fluyen mansamente hacia el mar y las marismas;
Y en ardientes y execrables ciénagas he visto cosas
Que me guardaré de no volver a ver.

He contemplado el inmenso palacio cubierto de hiedra,
He hollado sus estancias deshabitadas,
Donde la luna se eleva por encima de los valles
E ilumina las criaturas estampadas en los tapices de los muros;
Extrañas figuras entretejidas de forma incongruente
Que no soporto recordar.

Sumido en el asombro, he escrutado desde los ventanales
Las macilentas praderas del entorno,
El pueblo de múltiples tejados abatido
Por la maldición de una tierra ceñida de sepulcros;
Y desde la hilera de las blancas urnas de mármol persigo
Ansiosamente la erupción de un sonido.

He frecuentado las tumbas de los siglos,
En brazos del miedo he sido transportado
Allá donde se desencadena el vómito de humo del Erebo;
Donde las altas cumbres se ciernen nevadas y sombrías,
Y en reinos donde el sol del desierto consume
Aquello que jamás volverá a animarse.

Yo era viejo cuando los primeros Faraones ascendieron
Al trono engalanado de gemas a orillas del Nilo;
Yo era viejo en aquellas épocas incalculables,
Cuando yo, sólo yo, era astuto;
Y el Hombre, todavía no corrompido y feliz, moraba
En la gloria de la lejana isla del Ártico.

Oh, grande fue el pecado de mi espíritu,
Y grande es la duración de su condena;
La piedad del cielo no puede reconfortarle,
Ni encontrar reposo en la tumba:
Los eones infinitos se precipitan batiendo las alas
De las despiadadas tinieblas.

A través de las puertas del sueño custodiadas por los gules,
Más allá de los abismos de la noche iluminados por la pálida luna,
He vivido mis vidas sin número,
He sondeado todas las cosas con mi mirada;
Y me debato y grito cuando rompe la aurora, y me siento
Arrastrado con horror a la locura.

Némesis, 1917, por H.P. Lovecraft.

Si quieres leer la versión original en inglés, puedes leerla aquí.

16 de octubre de 2011

Las ratas del cementerio

Primero decir que el blog prácticamente no lo actualizo. Quizás, de aquí en adelante, publicaré relatos como el siguiente, relatos propios o temas de música, pero nada más. Quien quiera seguir pasando por aquí bienvenido sea.

A lo que iba, Las ratas del cementerio es el nombre del cuento que presento a continuación. Fue el primero escrito por Henry Kuttner, y a partir de éste comenzó una corta pero fructífera carrera en el género del terror y la ciencia ficción. Concretamente este relato pertenece al género de terror; de hecho, está considerado parte de Los Mitos de Cthulhu. Se lee muy rapido, espero que lo disfrutes.

El viejo Masson, guardián de uno de los más antiguos y descuidados cementerios de Salem, sostenía una verdadera contienda con las ratas. Hacía varias generaciones, se había asentado en el cementerio una colonia de ratas enormes procedentes de los muelles. Cuando Masson asumió su cargo, tras la inexplicable desaparición del guardián anterior, decidió hacerlas desaparecer. Al principio colocaba cepos y comida envenenada junto a sus madrigueras; más tarde, intentó exterminarlas a tiros. Pero todo fue inútil. Seguía habiendo ratas. Sus hordas voraces se multiplicaban e infestaban el cementerio.

Eran grandes, aun tratándose de la especie mus decumanus, cuyos ejemplares miden a veces más de treinta y cinco centímetros de largo sin contar la cola pelada y gris. Masson las había visto hasta del tamaño de un gato; y cuando los sepultureros descubrían alguna madriguera, comprobaban con asombro que por aquellas malolientes galerías cabía sobradamente el cuerpo de una persona. Al parecer, los barcos que antaño atracaban en los ruinosos muelles de Salem debieron de transportar cargamentos muy extraños.

Masson se asombraba a veces de las extraordinarias proporciones de estas madrigueras. Recordaba ciertos relatos inquietantes que le habían contado al llegar a la vieja y embrujada ciudad de Salem. Eran relatos que hablaban de una vida larvaria que persistía en la muerte, oculta en las olvidadas madrigueras de la tierra. Ya habían pasado los viejos tiempos en que Cotton Mather exterminara los cultos perversos y los ritos orgiásticos celebrados en honor de Hécate y de la siniestra Magna Mater. Pero todavía se alzaban las tenebrosas casas de torcidas buhardillas, de fachadas inclinadas y leprosas, en cuyos sótanos, según se decía, aún se ocultaban secretos blasfemos y se celebraban ritos que desafiaban tanto a la ley como a la cordura. Moviendo significativamente sus cabezas canosas, los viejos aseguraban que, en los antiguos cementerios de Salem, había bajo tierra cosas peores que gusanos y ratas.

En cuanto a estos roedores, ciertamente, Masson les tenía aversión y respeto. Sabía el peligro que acechaba en sus dientes afilados y brillantes. Pero no comprendía el horror que los viejos sentían por las casas vacías, infestadas de ratas. Había oído rumores sobre ciertas criaturas horribles que moraban en las profundidades de la tierra y tenían poder sobre las ratas, a las que agrupaban en ejércitos disciplinados. Según decían los ancianos, las ratas servían de mensajeras entre este mundo y las cavernas que se abrían en las entrañas de la tierra, muy por debajo de Salem. Y aún se decía que algunos cuerpos habían sido robados de las sepulturas con el fin de celebrar festines subterráneos y nocturnos. El mito del flautista de Hamelin era una leyenda que ocultaba, en forma de alegoría, un horror blasfemo; y según ellos, los negros abismos habían parido abortos infernales que jamás salieron a la luz del día.

Masson no hacía ningún caso de semejantes relatos. No fraternizaba con sus vecinos y, de hecho, hacía lo posible por mantener en secreto la existencia de las ratas. De conocerse el problema quizá iniciasen una investigación, en cuyo caso tendrían que abrir muchas sepulturas. Y en efecto, hallarían ataúdes perforados y vacíos que atribuirían a las actividades de las ratas. Pero descubrirían también algunos cuerpos con mutilaciones muy comprometedoras para Masson.

Los dientes postizos suelen hacerse de oro puro, y no se los extraen a uno cuando muere. Las ropas, naturalmente, son harina de otro costal, porque la compañía de pompas fúnebres suele proporcionar un traje de paño sencillo, perfectamente reconocible después. Pero el oro no lo es. Además, Masson negociaba también con algunos estudiantes de medicina y médicos poco escrupulosos que necesitaban cadáveres sin importarles demasiado su procedencia.

Hasta entonces, Masson se las había arreglado muy bien para que no se iniciase una investigación. Había negado ferozmente la existencia de las ratas, aun cuando algunas veces éstas le hubiesen arrebatado el botín. A Masson no le preocupaba lo que pudiera suceder con los cuerpos, después de haberlos expoliado, pero las ratas solían arrastrar el cadáver entero por un boquete que ellas mismas roían en el ataúd.

El tamaño de aquellos agujeros tenía a Masson asombrado. Por otra parte, se daba la curiosa circunstancia de que las ratas horadaban siempre los ataúdes por uno de los extremos, y no por los lados. Parecía como si las ratas trabajasen bajo la dirección de algún guía dotado de inteligencia.

Ahora se encontraba ante una sepultura abierta. Acababa de quitar la última paletada de tierra húmeda y de arrojarla al montón que había ido formando a un lado. Desde hacía varias semanas, no paraba de caer una llovizna fría y constante. El cementerio era un lodazal de barro pegajoso, del que surgían las mojadas lápidas en formaciones irregulares. Las ratas se habían retirado a sus agujeros; no se veía ni una. Pero el rostro flaco y desgalichado de Masson reflejaba una sombra de inquietud. Había terminado de descubrir la tapa de un ataúd de madera.

Hacía varios días que lo habían enterrado, pero Masson no se había atrevido a desenterrarlo antes. Los parientes del fallecido venían a menudo a visitar su tumba, aun lloviendo. Pero a estas horas de la noche, no era fácil que vinieran, por mucho dolor y pena que sintiesen. Y con este pensamiento tranquilizador, se enderezó y echó a un lado la pala.

Desde la colina donde estaba situado el cementerio, se veían parpadear débilmente las luces de Salem a través de la lluvia pertinaz. Sacó la linterna del bolsillo porque iba a necesitar luz. Apartó la pata y se inclinó a revisar los cierres de la caja.

De repente, se quedó rígido. Bajo sus pies había notado un rebullir inquieto, como si algo arañara o se revolviera dentro. Por un momento, sintió una punzada de terror supersticioso, que pronto dio paso a una rabia furiosa, al comprender el significado de aquellos ruidos. ¡Las ratas se le habían adelantado otra vez!

En un rapto de cólera, Masson arrancó lo cierres del ataúd Metió el canto de la pata bajo la tapa e hizo palanca, hasta que pudo levantarla con las dos manos. Luego encendió la linterna y la enfocó al interior del ataúd.

La lluvia salpicaba el blanco tapizado de raso: el ataúd estaba vacío. Masson percibió un movimiento furtivo en la cabecera de la caja y dirigió hacia allí la luz.

El extremo del sarcófago habla sido horadado, y el boquete comunicaba con una galería, al parecer, pues en aquel mismo momento desaparecía por allí, a tirones, un pie fláccido enfundado en su correspondiente zapato. Masson comprendió que las ratas se le habían adelantado, esta vez, sólo unos instantes. Se dejó caer a gatas y agarró el zapato con todas sus fuerzas. Se le cayó la linterna dentro del ataúd y se apagó de golpe. De un tirón, el zapato le fue arrancado de las manos en medio de una algarabía de chillidos agudos y excitados. Un momento después, había recuperado la linterna y la enfocaba por el agujero. Era enorme. Tenía que serlo; de lo contrario, no habrían podido arrastrar el cadáver a través de él. Masson intentó imaginarse el tamaño de aquellas ratas capaces de tirar del cuerpo de un hombre. De todos modos, él llevaba su revólver cargado en el bolsillo, y esto le tranquilizaba. De haberse tratado del cadáver de una persona ordinaria, Masson habría abandonado su presa a las ratas, antes de aventurarse por aquella estrecha madriguera; pero recordó los gemelos de sus puños y el alfiler de su corbata, cuya perla debía ser indudablemente auténtica, y, sin pensarlo más, se prendió la linterna al cinturón y se metió por el boquete. El acceso era angosto. Delante de sí, a la luz de la linterna, podía ver cómo las suelas de los zapatos seguían siendo arrastradas hacia el fondo del túnel de tierra. También él trató de arrastrarse lo más rápidamente posible, pero había momentos en que apenas era capaz de avanzar, aprisionado entre aquellas estrechas paredes de tierra.

El aire se hacía irrespirable por el hedor de la carroña. Masson decidió que, si no alcanzaba el cadáver en un minuto, volvería para atrás. Los temores supersticiosos empezaban a agitarse en su imaginación, aunque la codicia le instaba a proseguir. Siguió adelante, y cruzó varias bocas de túneles adyacentes. Las paredes de la madriguera estaban húmedas y pegajosas. Por dos veces oyó a sus espaldas pequeños desprendimientos de tierra. El segundo de éstos le hizo volver la cabeza. No vio nada, naturalmente, hasta que enfocó la linterna en esa dirección.

Entonces vio varios montones de barro que casi obstruían la galería que acababa de recorrer. El peligro de su situación se le apareció de pronto en toda su espantosa realidad. El corazón le latía con fuerza sólo de pensar en la posibilidad de un hundimiento. Decidió abandonar su persecución, a pesar de que casi había alcanzado el cadáver y las criaturas invisibles que lo arrastraban. Pero había algo más, en lo que tampoco había pensado: el túnel era demasiado estrecho para dar la vuelta.

El pánico se apoderó de él, por un segundo, pero recordó la boca lateral que acababa de pasar, y retrocedió dificultosamente hasta que llegó a ella. Introdujo allí las piernas, hasta que pudo dar la vuelta. Luego, comenzó a avanzar precipitadamente hacia la salida, pese al dolor de sus rodillas magulladas.

De súbito, una punzada le traspasó la pierna. Sintió que unos dientes afilados se le hundían en la carne, y pateó frenéticamente para librarse de sus agresores. Oyó un chillido penetrante, y el rumor presuroso de una multitud de patas que se escabullían. Al enfocar la linterna hacia atrás, dejé escapar un gemido de horror: una docena de enormes ratas le miraban atentamente, y sus ojillos malignos brillaban bajo la luz. Eran unos bichos deformes, grandes como gatos. Tras ellos vislumbré una forma negruzca que desapareció en la oscuridad. Se estremeció ante las increíbles proporciones de aquella sombra apenas vista.

La luz contuvo a las ratas durante un momento, pero no tardaron en volver a acercarse furtivamente. Al resplandor de la linterna, sus dientes parecían teñidos de un naranja oscuro. Masson forcejeó con su pistola, consiguió sacarla de su bolsillo y apuntó cuidadosamente. Estaba en una posición difícil. Procuró pegar los pies a las mojadas paredes de la madriguera para no herirse.

El estruendo del disparo le dejó sordo durante unos instantes. Después, una vez disipado el humo, vio que las ratas habían desaparecido. Se guardó la pistola y comenzó a reptar velozmente a lo largo del túnel. Pero no tardó en oír de nuevo las carreras de las ratas, que se le echaron encima otra vez.

Se le amontonaron sobre las piernas, mordiéndole y chillando de manera enloquecedora. Masson empezó a gritar mientras echaba mano a la pistola. Disparó sin apuntar, de suerte que no se hirió de milagro. Esta vez las ratas no se alejaron demasiado. No obstante, Masson aprovechó la tregua para reptar lo más deprisa que pudo, dispuesto a hacer fuego a la primera señal de un nuevo ataque.

Oyó movimientos de patas y alumbró hacia atrás con la linterna. Una enorme rata gris se paró en seco y se quedó mirándole, sacudiendo sus largos bigotes y moviendo de un lado a otro, muy despacio, su cola áspera y pelada. Masson disparó y la rata echó a correr. Continuó arrastrándose. Se había detenido un momento a descansar, junto a la negra abertura de un túnel lateral, cuando descubrió un bulto informe sobre la tierra mojada, un poco más adelante. De momento, lo tomó por un montón de tierra desprendido del techo; luego vio que era un cuerpo humano.

Se trataba de una momia negruzca y arrugada, y Masson se dio cuenta, preso de un pánico sin límites, de que se movía.

Aquella cosa monstruosa avanzaba hacia él y, a la luz de la linterna, vio su rostro horrible a muy poca distancia del suyo. Era una calavera casi descarnada, la faz de un cadáver que ya llevaba años enterrado, pero animada de una vida infernal. Tenía unos ojos vidriosos, hinchados y saltones, que delataban su ceguera, y, al avanzar hacia Masson, lanzó un gemido plañidero y entreabrió sus labios pustulosos, desgarrados en una mueca de hambre espantosa. Masson sintió que se le helaba la sangre.

Cuando aquel Horror estaba ya a punto de rozarle. Masson se precipitó frenéticamente por la abertura lateral. Oyó arañar en la tierra, justo a sus pies, y el confuso gruñido de la criatura que le seguía de cerca. Masson miró por encima del hombro, gritó y trató de avanzar desesperadamente por la estrecha galería. Reptaba con torpeza; las piedras afiladas le herían las manos y las rodillas. El barro le salpicaba en los ojos, pero no se atrevió a detenerse ni un segundo. Continuó avanzando a gatas, jadeando, rezando y maldiciendo histéricamente.

Con chillidos triunfales, las ratas se precipitaron de nuevo sobre él con una horrible voracidad pintada en sus ojillos. Masson estuvo a punto de sucumbir bajo sus dientes, pero logró desembarazarse de ellas: el pasadizo se estrechaba y, sobrecogido por el pánico, pataleó, gritó y disparó hasta que el gatillo pegó sobre una cápsula vacía. Pero había rechazado las ratas.

Observó entonces que se hallaba bajo una piedra grande, encajada en la parte superior de la galería, que le oprimía cruelmente la espalda. Al tratar de avanzar notó que la piedra se movía, y se le ocurrió una idea: ¡Si pudiera dejarla caer, de forma que obstruyese el túnel! La tierra estaba empapada por el agua de la lluvia. Se enderezó y se puso a quitar el barro que sujetaba la piedra. Las ratas se aproximaban. Veía brillar sus ojos al resplandor de la linterna. Siguió cavando, frenético, en la tierra. La piedra cedía. Tiró de ella y la movió de sus cimientos.

Se acercaban las ratas... Era el enorme ejemplar que había visto antes. Gris, leprosa, repugnante, avanzaba enseñando sus dientes anaranjados. Masson dio un último tirón de la piedra, y la sintió resbalar hacia abajo. Entonces reanudó su camino a rastras por el túnel. La piedra se derrumbó tras él, y oyó un repentino alarido de agonía. Sobre sus piernas se desplomaron algunos terrones mojados. Más adelante, le atrapó los pies un desprendimiento considerable, del que logró desembarazarse con dificultad. ¡El túnel entero se estaba desmoronando!

Jadeando de terror, Masson avanzaba mientras la tierra se desprendía tras él. El túnel seguía estrechándose, hasta que llegó un momento en que apenas pudo hacer uso de sus manos y piernas para avanzar. Se retorció como una anguila hasta que, de pronto, notó un jirón de raso bajo sus dedos crispados; y luego su cabeza chocó contra algo que le impedía continuar. Movió las piernas y pudo comprobar que no las tenía apresadas por la tierra desprendida. Estaba boca abajo. Al tratar de incorporarse, se encontró con que el techo del túnel estaba a escasos centímetros de su espalda. El terror le descompuso.

Al salirle al paso aquel ser espantoso y ciego, se había desviado por un túnel lateral, por un túnel que no tenía salida. ¡Se encontraba en un ataúd, en un ataúd vacío, al que había entrado por el agujero que las ratas habían practicado en su extremo! Intentó ponerse boca arriba, pero no pudo. La tapa del ataúd le mantenía inexorablemente inmóvil. Tomó aliento entonces, e hizo fuerza contra la tapa. Era inamovible, y aun si lograse escapar del sarcófago, ¿cómo podría excavar una salida a través del metro y medio de tierra que tenía encima?

Respiraba con dificultad. Hacía un calor sofocante y el hedor era irresistible. En un paroxismo de terror, desgarró y arañó el forro acolchado hasta destrozarlo. Hizo un inútil intento por cavar con los pies en la tierra desprendida que le impedía la retirada. Si lograse solamente cambiar de postura, podría excavar con las uñas una salida hacia el aire... hacia el aire...

Una agonía candente penetró en su pecho; el pulso le dolía en los globos de los ojos. Parecía como si la cabeza se le fuera hinchando, a punto de estallar. Y de súbito, oyó los triunfales chillidos de las ratas. Comenzó a gritar, enloquecido, pero no pudo rechazarlas esta vez. Durante un momento, se revolvió histéricamente en su estrecha prisión, y luego se calmó, boqueando por falta de aire. Cerró los ojos, sacó su lengua ennegrecida, y se hundió en la negrura de la muerte, con los locos chillidos de las ratas taladrándole los oídos.

9 de septiembre de 2011

Los perros de Tíndalos

Despues de casi un mes sin actividad, vuelvo a escribir aquí. En esta entrada lo que viene a continuación es un cuento de terror directo de la mano de Frank Belknap Long. Éste fue un gran autor estadounidense que destacó con sus relatos de ciencia ficción y terror, habiendo sido uno de los integrantes del llamado Círculo de Lovecraft y contribuido a los Mitos de Cthulhu. La historia que presento forma parte de estos mitos y es uno de sus relatos más conocidos; no es dificil saber por qué debido a la calidad del mismo. Ya que es larga -parece más de lo que es, pero realmente merece la pena-, he colocado 3 desplegables, uno por capítulo, en el que simplemente debes pinchar para abrirlo o cerrarlo. Espero que disfrutes tanto como yo. Salud.


-Me alegro de que haya venido -dijo Chalmers.

Estaba sentado junto a la ventana y tenía el semblante muy pálido. Dos altas velas que goteaban cerca de su codo arrojaban una luz enfermiza y ambarina sobre su larga nariz y su barbilla ligeramente deprimida. No había nada moderno en el apartamento de Chalmers. Tenía alma de asceta medieval, y prefería los manuscritos ilustrados a los automóviles, y las gárgolas de piedra de torva mirada a los aparatos de radio y las máquinas de calcular.

Al cruzar la habitación hasta el sofá, que había despejado para mí, miré hacia su mesa y me sorprendió descubrir que había estado estudiando las fórmulas matemáticas de un célebre físico contemporáneo, y que había llenado cantidades de hojas de delgado y amarillento papel con curiosos dibujos geométricos.

-Extraña vecindad la de Einstein y John Dee -dije, al tiempo que mis ojos iban de los diagramas matemáticos a los sesenta o setenta libros raros que componían su curiosa y pequeña biblioteca. Plotino y Emmanuel Moscopulus, santo Tomás de Aquino y Frenicle de Bessy se codeaban en la oscura estantería de ébano, y las sillas, la mesa y el escritorio estaban repletos de folletos sobre hechicería y brujería medievales y magia negra, así como sobre todas las cosas fascinantes y audaces que el mundo moderno ha arrumbado.

Chalmers sonrió con simpatía, y me tendió un cigarrillo ruso en una bandeja curiosamente tallada.

-Estamos descubriendo ahora precisamente -dijo- que los viejos alquimistas y hechiceros tenían razón en unas dos terceras partes, y que su moderno biólogo materialista está equivocado en nueve décimas.

-Usted siempre se ha burlado de la ciencia moderna -dije con cierta impaciencia.

-Sólo del dogmatismo científico -replicó-. Siempre he sido un rebelde, un defensor de las causas perdidas; por eso he decidido rechazar las conclusiones de los biólogos contemporáneos.

-¿Y Einstein? -pregunté.

-¡Es un sacerdote de las matemáticas trascendentales! -murmuró reverentemente-. Es un místico profundo, un explorador de la gran sospecha.

-Entonces no menosprecia enteramente la ciencia.

-Por supuesto que no -afirmó-. Simplemente desconfío del positivismo científico de estos últimos cincuenta años, del positivismo de Haeckel y de Darwin y de Bertrand Russell. Creo que la biología ha fracasado lamentablemente al intentar explicar el misterio del origen y destino del hombre.

-Déles tiempo -repliqué.

Los ojos de Chalmers relampaguearon.

-Amigo mío -murmuró-, su juego de palabras es sublime. Darles tiempo. Eso es precisamente lo que haría. Pero su moderno biólogo se ríe del tiempo. Tiene la clave, pero se niega a utilizarla. ¿Qué sabemos del tiempo, en realidad? Einstein cree que es relativo, que puede interpretarse en términos de espacio, de un espacio curvo. Pero ¿debemos detenernos aquí? Cuando las matemáticas nos abandonan, ¿no podemos seguir con... la intuición?

-Está usted pisando un terreno peligroso -observé-. Esa es una trampa que el verdadero investigador evita. Por eso ha avanzado tan despacio la ciencia moderna. No acepta nada que no pueda demostrarse. Pero usted...

-Yo tomaría hashish, opio, toda clase de drogas. Yo quisiera emular a los sabios orientales. Y entonces, quizá, captaría...

-¿El qué?

-La cuarta dimensión.

-Eso es un disparate teosófico.

-Quizá. Pero creo que las drogas dilatan la conciencia humana. William James coincide conmigo. Y he descubierto una nueva.

-¿Una nueva droga?

-La utilizaban hace siglos los alquimistas chinos; pero es prácticamente desconocida en Occidente. Sus propiedades ocultas son asombrosas. Con ayuda de mis conocimientos matemáticos, creo que puedo retroceder en el tiempo.

-No comprendo.

-El tiempo es meramente nuestra percepción imperfecta de una nueva dimensión del espacio. Tiempo y movimiento son dos ilusiones. Todo lo que ha existido desde el principio del mundo existe todavía. Los acontecimientos que ocurrieron hace siglos en este planeta siguen existiendo en otra dimensión del espacio. Los acontecimientos que sucederán dentro de siglos existen ya. Nosotros no podemos percibir su existencia porque no podemos entrar en la dimensión del espacio que los contiene. Los seres humanos, tal como los conocemos, son meramente fracciones, fracciones infinitamente pequeñas de un todo enorme. Cada ser humano se halla vinculado a toda la vida que le ha precedido en este planeta. Todos sus antepasados son partes de él. Sólo el tiempo le separa de sus predecesores, y el tiempo es una ilusión y no existe.

-Creo que comprendo -murmuré.

-Bastará para mi propósito con que se forme una vaga idea de lo que deseo llevar a cabo. Quiero arrancarme de los ojos el velo de la ilusión que el tiempo ha arrojado sobre ellos, y ver el principio y el fin.

-¿Y cree usted que esta nueva droga le ayudará?

-Estoy seguro de que sí. Y quiero que me ayude usted. Me propongo tomar la droga inmediatamente. No puedo esperar. Debo ver -sus ojos fulguraron extrañamente-. Voy a retroceder, a retroceder en el tiempo.

Se levantó y dio unos pasos hasta la chimenea. Cuando se volvió hacia mí otra vez sostenía en la palma de la mano una cajita cuadrada.

-Aquí tengo cinco gránulos de la droga Liao. Fue utilizada por el filósofo chino Lao-Tsé, y bajo su influjo llegó a ver el Tao. El Tao es la fuerza misteriosa del mundo; lo envuelve y lo penetra todo; contiene al universo visible, a todo cuanto llamamos realidad. El que capte los misterios del Tao ve claramente todo cuanto existió y cuanto existirá.

-¡Tonterías! -repliqué.

-El Tao se asemeja a un gran animal, tumbado, inmóvil, que contiene en su inmenso cuerpo todos los mundos de nuestro universo, los pasados, los presentes y los futuros. Nosotros vemos las porciones del inmenso monstruo a través de un resquicio que llamamos tiempo. Con la ayuda de esta droga, ensancharé este resquicio. Contemplaré la gran figura de la vida, la gran bestia yacente en su totalidad.

-¿Y qué es lo que desea que haga yo?

-Presenciarlo, amigo mío. Presenciarlo y tomar nota. Y si retrocedo demasiado de prisa, devolverme a la realidad. Puede hacerlo sacudiéndome violentamente. Si le parece que sufro algún dolor físico agudo, debe hacerme volver inmediatamente.

-Chalmers -dije-, desearía que no hiciese ese experimento. Va a correr riesgos horribles. No creo que exista ninguna cuarta dimensión, y además no creo en absoluto en el Tao. No apruebo su deseo de someterse a drogas desconocidas.

-Conozco las propiedades de esta droga -replicó él-. Sé con toda precisión de qué modo actúa sobre el animal humano y conozco sus peligros. El riesgo no reside en la droga misma. Mi único temor es el de perderme en el tiempo. Mire, ayudaré a la droga. Antes de tragarme esta píldora concentraré mi atención en los símbolos geométricos y algebraicos que he trazado sobre este papel -alzó la carta matemática que tenía sobre sus rodillas-. Prepararé mi mente para un viaje por el tiempo. Me acercaré a la cuarta dimensión con la mente consciente, antes de tomar la droga que me permitirá ejercer poderes ocultos de percepción. Antes de penetrar en el mundo del sueño de los místicos orientales recabaré toda la ayuda matemática que la moderna ciencia puede ofrecer. Estos conocimientos matemáticos, este acercamiento consciente a una aprehensión real de la cuarta dimensión del tiempo, complementa la acción de la droga. La droga abrirá nuevas y prodigiosas perspectivas; la preparación matemática me permitirá aprehenderlas intelectualmente. He captado a menudo la cuarta dimensión en sueños, emocionalmente, instintivamente, pero nunca he podido recordar, en la vida vigil, los ocultos esplendores que se me revelaron de manera fugaz.

»Pero con su ayuda, creo que podré recordarlos. Usted tomará nota de todo lo que diga mientras esté bajo el influjo de la droga. Por muy extraño o incoherente que sea lo que diga, no deberá omitir nada. Cuando despierte, podré facilitar la clave de todo cuanto parezca misterioso o increíble. No estoy seguro de lograrlo, pero si lo consigo -sus ojos centellearon extrañamente-, ¡el tiempo dejará de existir para mí!

Se sentó repentinamente.

-Haré la prueba ahora mismo. Por favor, póngase allí, junto a la ventana, y preste atención. ¿Tiene una pluma estilográfica?

Asentí lúgubremente y saqué mi pluma Waterman verde del bolsillo superior de mi chaqueta.

-¿Y cuaderno de notas, Frank?

Saqué a regañadientes una agenda.

-Insisto en que desapruebo este experimento -murmuré-. Va a correr un riesgo espantoso.

-¡No se ponga usted como una vieja medrosa! -me reprendió-. Nada de cuanto diga me hará detenerme ahora. Le ruego que guarde silencio mientras estudio estos diagramas.

Alzó los diagramas y los examinó atentamente. Miré cómo el reloj de la repisa de la chimenea marcaba los segundos; una rara sensación de miedo me oprimía el corazón hasta sofocarme.

De súbito, se paró el reloj, y exactamente en ese instante Chalmers se tragó la droga.

Me levanté inmediatamente y fui hacia él, pero sus ojos me suplicaron que no interfiriese.

-El reloj se ha detenido -murmuró-. Las fuerzas que lo controlan aprueban mi experimento. El Tiempo se ha parado, y yo he tomado la droga. Pido a Dios que no extravíe mi camino.

Cerró los ojos y se reclinó en el sofá. La sangre había desaparecido en su rostro y respiraba con fatiga. Evidentemente, la droga estaba obrando con extraordinaria rapidez.

-Empieza a oscurecer -murmuró-. Escriba eso. Empieza a oscurecer, y los objetos familiares de la habitación están desapareciendo. Puedo distinguirlos vagamente a través de las pestañas, pero están desvaneciéndose rápidamente.

Sacudí la pluma para hacer salir la tinta, y escribí taquigráficamente, mientras él seguía hablando.

-Voy a abandonar la habitación. Las paredes se están diluyendo y ya no puedo ver ninguno de los objetos familiares. Su rostro, sin embargo, aún sigue siendo visible para mí. Espero que siga escribiendo. Creo que voy a dar un gran salto... un salto a través del espacio. O quizá a través del tiempo. No sé. Todo es oscuro, indistinto.

Permaneció en silencio durante un rato, con la cabeza apoyada sobre su pecho. Luego, de pronto, se enderezó y sus párpados se agitaron y abrieron.

-¡Dios del cielo! -exclamó-. ¡Veo!

Hacía esfuerzos en su butaca como para incorporarse, mirando fijamente hacia la pared opuesta. Pero yo sabía que miraba más allá del muro, y que los objetos de la habitación no existían para él.

-¡Chalmers! -grité-. Chalmers, ¿le despierto?

-¡No! -gritó-. ¡Lo veo todo! Todos los billones de vidas que me precedieron en este planeta están ante mí en este momento. Veo hombres de todas las épocas, de todas las razas, de todos los colores. Luchan, se matan, construyen, bailan, cantan. Se sientan alrededor de toscas fogatas en desiertos solitarios y grises, y surcan el aire en monoplanos. Cruzan los mares en canoas y en enormes vapores, pintan bisontes y mamuts en las paredes de oscuras cavernas y cubren enormes telas con extraños dibujos futuristas. Contemplo las migraciones desde Atlanta. Y desde Lemuria. Veo las razas anteriores: una horda extraña de enanos negros sojuzga el Asia, y los neandertales de cabeza hundida y rodillas encorvadas se extienden obscenamente por Europa. Veo a los aqueos invadiendo las islas griegas, y los rudos comienzos de la cultura helénica. Estoy en Atenas y Pericles es joven. Estoy en tierras de Italia. Asisto al rapto de las sabinas; marcho con las legiones imperiales. Tiemblo con pasmo y horror al avanzar los enormes estandartes, y el suelo se estremece bajo las pisadas de los victoriosos hastati. Mil esclavos desnudos se arrastran ante mí cuando paso en una litera de oro y marfil tirada por bueyes de Tebas negros como la noche, y las jóvenes, arrojándome flores, me gritan al pasar: Ave Caesar; y yo hago un gesto de asentimiento y sonrío. Ahora soy esclavo en una galera mora. Veo cómo erigen una gran catedral. Se levanta piedra a piedra, y a lo largo de meses y años sigo ahí, y veo cómo van encajando cada piedra en su sitio. Me queman en una cruz con la cabeza hacia abajo en los perfumados jardines de Nerón, y contemplo con burla y regocijo a los afanosos torturadores, en las cámaras de la Inquisición.

»Recorro los más sagrados santuarios; entro en los templos de Venus. Me arrodillo en adoración ante la Magna Mater, y arrojo monedas a las rodillas desnudas de las sagradas cortesanas sentadas con velado rostro en los bosquecillos de Babilonia. Entro en un teatro isabelino y me mezclo con el populacho maloliente y aplaudo El mercader de Venecia. Paseo con Dante por las estrechas calles de Florencia. Veo a la joven Beatriz, y el borde de su vestido roza mis sandalias mientras la miro con arrobamiento. Soy sacerdote de Isis, y mi magia maravilla a las naciones. Simón el Mago se arrodilla ante mí, implorando mi ayuda, y el faraón tiembla cuando yo me acerco. En la India, hablo con los Maestros y huyo gritando de su presencia, pues sus revelaciones son como sal en la herida que sangra.

»Lo percibo todo simultáneamente. Lo contemplo todo desde todos los ángulos, soy una parte de esos prolíficos miles de millones de seres que bullen a mi alrededor. Existo en todos los hombres y todos los hombres existen en mí. Percibo la totalidad de la humana historia en un simple instante, la pasada y la presente.

»Con un simple esfuerzo, puedo ver más y más atrás. Ahora retrocedo a través de extraños ángulos y curvas. Los ángulos y las curvas se multiplican en torno mío. Percibo grandes segmentos de tiempo a través de las curvas. Hay un tiempo curvo y un tiempo angular. Los seres que existen en el tiempo angular no pueden entrar en el tiempo curvo. Es muy extraño.

»Retrocedo más y más. El hombre ha desaparecido de la Tierra. Los reptiles gigantescos se acurrucan bajo las enormes palmeras y nadan en las aguas repugnantemente negras de los lagos. Ahora han desaparecido los reptiles. No quedan animales en la tierra; pero bajo las aguas, claramente visibles para mí, se mueven lentamente oscuras formas por entre una vegetación corrompida.

»Las formas se vuelven cada vez más simples. Ahora son meras células. A mi alrededor hay ángulos... ángulos extraños sin paralelo en la Tierra. Estoy desesperadamente asustado.

»Hay un abismo de ser que el hombre no ha sospechado jamás.

Le miré fijamente. Chalmers se había puesto de pie y gesticulaba con los brazos.

-Ahora cruzo ángulos extraterrestres; me acerco... ¡Oh, el miedo abrasador!

-¡Chalmers! -exclamé-. ¿Quiere que le interrumpa?

Se llevó vivamente la mano derecha al rostro, como para cubrir una visión inenarrable.

-¡Aún no! -exclamó-; seguiré. Veré... lo que... hay... más allá...

Un sudor frío bañó su frente, y sus hombros se estremecieron espasmódicamente.

-Más allá de la vida -su rostro se puso ceniciento de terror-, hay seres que no puedo distinguir. Se mueven con lentitud a través de los ángulos. No tienen cuerpo, y se desplazan lentamente por ángulos atroces.

Fue entonces cuando me di cuenta del olor que reinaba en la habitación. Era un olor acre, indescriptible, tan nauseabundo que apenas se podía soportar. Me dirigí rápidamente a la ventana y la abrí de par en par. Cuando me volví hacia Chalmers, y le miré a los ojos, casi me desmayé.

-¡Creo que me han olfateado! -exclamó-. Se están volviendo hacia mí.

Temblaba horriblemente. Por un momento, arañó en el aire con las manos. Luego sus piernas perdieron fuerzas y se desplomó de bruces, gimiendo y profiriendo ruidos inarticulados.

Le contemplé en silencio mientras se arrastraba por el suelo. Ya no era un hombre. Enseñaba los dientes y le caía la saliva por las comisuras de la boca.

-¡Chalmers -exclamé-, déjelo! ¡Déjelo!, ¿me oye?

Como en respuesta a mi súplica comenzó a proferir una serie de sonidos roncos y convulsivos que más parecían ladridos de perro que otra cosa, y a retorcerse espantosamente en círculo alrededor de la habitación. Me incliné y le agarré por los hombros. Le sacudí violentamente, desesperadamente. Él volvió la cabeza y me mordió la muñeca. Me puse enfermo de horror, pero no me atreví a soltarlo por temor a que se destruyese a sí mismo en un paroxismo de rabia.

-Chalmers -murmuré-, deténgase. No hay nada en la habitación que pueda hacerle ningún daño. ¿Me entiende?

Seguí sacudiéndole y amonestándole, y, gradualmente, la locura se fue borrando de su rostro. Temblando convulsivamente, se desplomó grotescamente acurrucado sobre la alfombra china.

Lo llevé al sofá y lo acomodé en él. Su semblante estaba contraído de dolor; comprendí que luchaba torpemente por escapar de los abominables recuerdos.

-Whisky -susurró-. Encontrará una botella en la vitrina junto a la ventana... en el estante de arriba a la izquierda.

Cuando le tendí la botella, sus dedos se apretaron alrededor de ella hasta que sus nudillos se pusieron azules.

-Casi acaban conmigo -boqueó. Tomó grandes sorbos de la estimulante bebida, y poco a poco le volvió el color a la cara.

-Esa droga es muy perniciosa -murmuré.

-No ha sido la droga -gimió él.

Sus ojos no habían perdido el fulgor demente, pero todavía tenía aspecto de alma perdida.

-Me habían olfateado en el tiempo -gimió-. He ido demasiado lejos.

-¿Cómo eran? -pregunté, por seguirle la comente.

Se inclinó hacia adelante y me agarró del brazo. Temblaba horriblemente.

-¡No hay palabras en nuestra lengua que puedan describirlos! -hablaba en un ronco susurro-. Simbolizan vagamente el mito de la Caída, en una forma obscena que a veces se encuentra grabada en antiguas tabletas. Los griegos tenían un nombre para ellos, que ocultaba su impureza esencial. El árbol, la serpiente y la manzana son símbolos vagos de un misterio espantoso.

Su voz se había elevado hasta el grito.

-Frank, Frank, en el principio se cometió una terrible e inenarrable acción. Antes del tiempo, aconteció esa acción, y a partir de ella...

Se había levantado y paseaba histéricamente por la habitación.

-Las acciones de los muertos se desplazan a través de ángulos en las oscuras oquedades del tiempo. ¡Están hambrientos y sedientos!

-Chalmers... -Supliqué que se sosegara-. Vivimos en la tercera década del siglo xx.

-¡Están flacos y sedientos! -gritó-. ¡Son los Perros de Tíndalos!

-Chalmers, ¿quiere que llame a un médico?

-Un médico no puede ayudarme ahora. Son horrores del alma, y sin embargo -se miró las manos y gimió-, son reales, Frank. Los he visto durante un horrible momento. Durante un instante, he estado en el otro lado. He estado en las grises y pálidas orillas del otro lado del tiempo y del espacio. En una horrible luz que no era luz, en un silencio que gritaba, y los he visto.

»En sus cuerpos flacos y hambrientos se concentraba toda la maldad del universo. Pero ¿tenían cuerpo? Los he visto sólo un momento; no estoy seguro. Pero los he oído resollar. Durante un instante indescriptible los he sentido respirar sobre mi rostro. Se han vuelto hacia mí, y he huido gritando. En un instante, he huido gritando a través del tiempo. Me he alejado millones y millones de años.

»Pero me han olfateado. Los hombres despiertan en ellos un hambre cósmica. Hemos escapado momentáneamente de la impureza que los circundaba. Tienen sed de aquello que hay de limpio en nosotros, de aquello que dimana de las acciones sin mancha. Hay una parte de nosotros que no participa de la acción, y que ellos odian. Pero no imagine que son literalmente, prosaicamente malvados. Están más allá del bien y del mal, según los conocemos nosotros. Son ellos quienes se apartaron al principio de la pureza. Por medio de la acción, se convirtieron en cuerpo de muerte, receptáculos de toda la impureza. Pero no son malos en nuestro sentido, porque en las esferas, a través de las cuales se mueven, no existe el pensamiento, ni la moral, ni lo justo, ni lo injusto, según lo entendemos nosotros. Únicamente existe lo puro y lo impuro. Lo impuro se expresa mediante el ángulo; lo puro mediante las curvas. El hombre, su parte pura, procede de una curva. No se ría. Me refiero literalmente.

Me levanté y busqué mi sombrero.

-Le compadezco de veras, Chalmers -dije, y me dirigí a la puerta-. Pero no tengo intención de seguir escuchando semejante galimatías. Le mandaré mi médico para que le vea. Es persona madura y amable, y no se ofenderá si le manda usted al diablo. Pero espero que escuche su consejo. Una semana de descanso en un buen sanatorio le sentará inmensamente bien.

Le oí reírse mientras bajaba yo las escaleras, pero su risa era tan absolutamente carente de alegría que me hizo llorar.



Cuando Chalmers telefoneó a la mañana siguiente, mi primer impulso fue colgar el receptor en el acto. Su petición era tan inusitada y su voz tan tremendamente histérica que temí que el seguir relacionándome con él pusiese en peligro mi propia salud mental. Pero no podía dudar de su aflicción, y cuando se desmoronó completamente y le oí sollozar por el teléfono, decidí acceder a lo que me pedía.

-Muy bien -dije-. Iré inmediatamente y llevaré el yeso.

De camino a casa de Chalmers, me detuve en un almacén y compré veinte libras de yeso de París. Cuando entré en la habitación de mi amigo, se hallaba éste acurrucado junto a la ventana, vigilando la pared opuesta con unos ojos enfebrecidos de pavor. Al verme se levantó y agarró el saco del yeso con una avidez que me asombró y horrorizó. Había desalojado todo el mobiliario y la habitación presentaba un aspecto desolado.

-¡Cabe dentro de lo posible que podamos burlarlos! -exclamó-. Pero debemos actuar rápidamente. Tráigala aquí de prisa, Frank; hay una escalera de mano en el recibidor. Tráigala en seguida. Y traiga un cubo con agua.

-¿Para qué? -murmuré.

Se volvió vivamente, y vi su rostro agitado.

-¡Para amasar el yeso! -exclamó-. Para amasar el yeso que salvará nuestros cuerpos y nuestras almas de una contaminación nefanda. Para amasar el yeso que salvará al mundo de... ¡Frank, hay que impedir que entren!

-¿Quiénes? -pregunté.

-¡Los Perros de Tíndalos! -gruñó-. Sólo pueden llegar hasta nosotros a través de ángulos. Voy a enyesar todos los rincones, todas las aberturas. Debemos hacer que esta habitación se parezca al interior de una esfera.

Yo sabía que habría sido inútil discutir con él. Traje la escalera de mano, Chalmers amasó el yeso, y trabajamos febrilmente durante tres horas. Recubrimos las cuatro esquinas de la pared y las intersecciones del suelo con la pared y de la pared con el techo, y redondeamos los ángulos del hueco de la ventana.

-Permaneceré en esta habitación hasta que vuelvan en el tiempo -afirmó cuando nuestra tarea quedó concluida-. Cuando descubran que el olor les lleva a través de curvas, darán media vuelta. Regresarán hambrientos, gruñendo insatisfechos, a la impureza que existió en el principio antes del tiempo, más allá del espacio.

Asentí cortésmente y encendí un cigarrillo.

-Ha hecho bien en ayudar -dijo.

-¿Irá a que le vea un médico, Chalmers? -le rogué.

-Tal vez... mañana -murmuró-. Ahora tengo que vigilar y esperar.

-¿Esperar a qué? -pregunté apremiante.

Chalmers sonrió pálidamente.

-Sé que cree que estoy chiflado -dijo-. Tiene usted una mente perspicaz pero prosaica, y no puede concebir un ser que no dependa para existir de la fuerza y de la materia. Pero ¿se le ha ocurrido alguna vez, amigo mío, que la fuerza y la materia son meramente barreras para la percepción impuestas por el tiempo y el espacio? Cuando uno sabe, como yo, que el tiempo y el espacio son idénticos y que son falaces porque no son sino manifestaciones imperfectas de una realidad superior, uno ya no busca en el mundo visible una explicación del misterio y del terror del ser.

Me levanté y me dirigí hacia la puerta.

-Perdóneme -exclamó-. No quiero ofenderle. Usted tiene una inteligencia superlativa, pero yo... yo la tengo sobrehumana. Es natural que yo comprenda sus limitaciones.

-Telefonéeme si me necesita -dije, y bajé los escalones de dos en dos-. Le enviaré un médico en seguida -murmuré para mis adentros-. Es un caso perdido, y sabe Dios lo que sucederá si no le atiende alguien inmediatamente.



Lo que sigue es un resumen de dos noticias que aparecieron en la Partridgeville Gazette del 3 de julio de 1928.

Un terremoto sacude el distrito financiero

A las dos en punto de esta madrugada, un temblor de tierra de inusitada intensidad ha roto varios cristales de ventanas en Central Square y ha averiado completamente el sistema eléctrico y los raíles del tranvía. La sacudida se ha sentido en los distritos periféricos, y el campanario de la Primera Iglesia Anabaptista de Angell Hill (construida por Christopher Wren en 1717) se ha derrumbado completamente. Los bomberos están tratando actualmente de apagar un incendio que amenaza destruir la fábrica de adhesivos de Partridgeville. Se ha prometido la más urgente y completa investigación para determinar la responsabilidad de tan desastroso suceso.

Escritor ocultista asesinado por un visitante desconocido

Crimen horrible en Central Square

El misterio rodea la muerte de Halpin Chalmers

A las 9 horas del día de hoy ha sido hallado el cuerpo de Halpin Chalmers, autor y periodista, en una habitación vacía sobre la joyería de Smithwick & Isaacs, en el número 25 de Central Square. Las indagaciones del forense han revelado que la habitación había sido alquilada amueblada por el señor Chalmers el 1 de mayo, y que éste había eliminado los muebles hacía un par de semanas. Chalmers era autor de varios libros sobre temas de ocultismo y miembro de la Sociedad de Bibliófilos. Anteriormente había residido en Brooklyn, Nueva York.

A las 7, el señor L. E. Hancock, que ocupa el apartamento opuesto a la habitación de Chalmers del edificio Smithwick & Isaacs, notó un olor extraño al abrir la puerta para entrar a su gato y recoger la edición matinal de la Partridgeville Gazette. Describe el olor como extremadamente acre y nauseabundo, y afirma que era tan fuerte en la proximidad de la habitación de Chalmers, que se vio obligado a taparse la nariz al pasar por delante.

Estaba a punto de volver a su propio apartamento, cuando se le ocurrió que Chalmers podía haber olvidado accidentalmente cerrar el gas de su pequeña cocina. Se sintió alarmado ante tal pensamiento, así que decidió averiguarlo; y al no obtener respuesta de Chalmers a sus repetidas llamadas a la puerta, lo notificó al conserje. Este abrió con una llave maestra, y los dos hombres irrumpieron rápidamente en la habitación de Chalmers. La estancia se hallaba totalmente desprovista de mobiliario, y Hancock afirma que tan pronto como vio el suelo se le heló el corazón; el conserje, sin decir palabra, se dirigió a la ventana abierta y desde allí inspeccionó el edificio de enfrente lo menos durante cinco minutos.

Chalmers yacía tendido de espaldas en el centro de la habitación. Estaba completamente desnudo, y tenía el pecho y los brazos cubiertos de un extraño pus o licor azulenco. La cabeza descansaba grotescamente sobre el pecho, cercenada del cuerpo, y tenía la cara contraída y horriblemente mutilada. No se veían rastros de sangre en ninguna parte.

La habitación presentaba un aspecto de lo más singular. Las intersecciones de las paredes, techo y suelo habían sido rellenadas con yeso de París, si bien algunos trozos se habían resquebrajado y desprendido, y alguien había reunido los cascotes en el suelo alrededor del hombre asesinado, de suerte que formaban un triángulo.

Junto al cadáver se han encontrado varias hojas de papel amarillento y chamuscado. Dichas hojas contenían fantásticos dibujos geométricos y símbolos y varias frases garabateadas apresuradamente. Estas frases resultan casi ilegibles, y tan absurdas que no han proporcionado ninguna clave sobre la identidad del que ha perpetrado el crimen: «Espero y vigilo -escribió Chalmers-. Estoy sentado junto a la ventana y vigilo las paredes y el techo. No creo que puedan cogerme, pero debo tener cuidado con los Doels. Tal vez ellos puedan contribuir a que irrumpan aquí. Los sátiros colaborarán, y pueden avanzar a través de los círculos escarlata. Los griegos sabían un medio de prevenir eso. Es una lástima que hayamos olvidado tantas cosas.»

En otra hoja de papel, la más chamuscada de los siete u ocho fragmentos encontrados por el sargento detective Douglas (del destacamento de Partridgeville), tenía garabateado lo siguiente:

«¡Gran Dios, el yeso se está cayendo! Una terrible sacudida ha desprendido el yeso y se está cayendo. ¡Tal vez haya sido un temblor de tierra! No podía haber prevenido esto. Se está haciendo oscuro en la habitación. Tengo que telefonear a Frank. Pero ¿llegará a tiempo? Lo intentaré. Recitaré la fórmula de Einstein. Recitaré... ¡Dios, están irrumpiendo! ¡Están entrando! De los rincones de la pared brota humo. Sus lenguas... ¡Aaahhh!...»

En opinión del sargento detective Douglas, Chalmers ha sido también envenenado por algún químico desconocido. Ha enviado muestras del extraño limo azul encontrado sobre el cuerpo de Chalmers a los Laboratorios Químicos de Partridgeville, y espera que el informe arroje alguna luz sobre uno de los más misteriosos crímenes de los recientes años. Es cierto que Chalmers tuvo un invitado la noche antes del terremoto, pues su vecino oyó claramente un murmullo bajo de conversación en la habitación de aquél, al cruzar por delante de la puerta cuando se dirigía a la escalera. Se sospecha seriamente de este desconocido visitante, y la policía se esfuerza activamente en descubrir su identidad.

24 de julio de 2011

Celephaïs

Esta semana el blog estará inactivo por vacaciones, así que dejo un cuento del maestro Lovecraft para tu disfrute durante este tiempo.

En un sueño, Kuranes vio la ciudad del valle, y la costa que se extendía más allá, y el nevado pico que dominaba el mar, y las galeras de alegres colores que salían del puerto rumbo a lejanas regiones donde el mar se junta con el cielo. Fue en un sueño también, donde recibió el nombre de Kuranes, ya que despierto se llamaba de otra manera. Quizá le resultó natural soñar un nuevo nombre, pues era el último miembro de su familia, y estaba solo entre los indiferentes millones de londinenses, de modo que no eran muchos los que hablaban con él y recordaban quién había sido. Había perdido sus tierras y riquezas; y le tenía sin cuidado la vida de las gentes de su alrededor; porque él prefería soñar y escribir sobre sus sueños. Sus escritos hacían reír a quienes los enseñaba, por lo que algún tiempo después se los guardó para sí, y finalmente dejó de escribir. Cuanto más se retraía del mundo que le rodeaba, más maravillosos se volvían sus sueños; y habría sido completamente inútil intentar transcribirlos al papel. Kuranes no era moderno, y no pensaba como los demás escritores. Mientras ellos se esforzaban en despojar la vida de sus bordados ropajes del mito y mostrar con desnuda fealdad lo repugnante que es la realidad, Kuranes buscaba tan sólo la belleza. Y cuando no conseguía revelar la verdad y la experiencia, la buscaba en la fantasía y la ilusión, en cuyo mismo umbral la descubría entre los brumosos recuerdos de los cuentos y los sueños de niñez.

No son muchas las personas que saben las maravillas que guardan para ellas los relatos y visiones de su propia juventud; pues cuando somos niños escuchamos y soñamos y pensamos pensamientos a medias sugeridos; y cuando llegamos a la madurez y tratamos de recordar, la ponzoña de la vida nos ha vuelto torpes y prosaicos. Pero algunos de nosotros despiertan por la noche con extraños fantasmas de montes y jardines encantados, de fuentes que cantan al sol, de dorados acantilados que se asoman a unos mares rumorosos, de llanuras que se extienden en torno a soñolientas ciudades de bronce y de piedra, y de oscuras compañías de héroes que cabalgan sobre enjaezados caballos blancos por los linderos de bosques espesos; entonces sabemos que hemos vuelto la mirada, a través de la puerta de marfil, hacia ese mundo de maravilla que fue nuestro, antes de alcanzar la sabiduría y la infelicidad.

Kuranes regresó súbitamente a su viejo mundo de la niñez. Había estado soñando con la casa donde había nacido: el gran edificio de piedra cubierto de hiedra, donde habían vivido tres generaciones de antepasados suyos, y donde él había esperado morir. Brillaba la luna, y Kuranes había salido sigilosamente a la fragante noche de verano; atravesó los jardines, descendió por las terrazas, dejó atrás los grandes robles del parque, y recorrió el largo camino que conducía al pueblo. El pueblo parecía muy viejo; tenía su borde mordido como la luna que ha empezado a menguar, y Kuranes se preguntó si los tejados puntiagudos de las casitas ocultaban el sueño o la muerte. En las calles había tallos de larga yerba, y los cristales de las ventanas de uno y otro lado estaban rotos o miraban ciegamente. Kuranes no se detuvo, sino que siguió caminando trabajosamente, como llamado hacia algún objetivo. No se atrevió a desobedecer ese impulso por temor a que resultase una ilusión como las solicitudes y aspiraciones de la vida vigil, que no conducen a objetivo ninguno. Luego se sintió atraído hacia un callejón que salía de la calle del pueblo en dirección a los acantilados del canal, y llegó al final de todo... al precipicio y abismo donde el pueblo y el mundo caían súbitamente en un vacío infinito, y donde incluso el cielo, allá delante, estaba vacío y no lo iluminaban siquiera la luna roída o las curiosas estrellas. La fe le había instado a seguir avanzando hacia el precipicio, arrojándose al abismo, por el que descendió flotando, flotando, flotando; pasó oscuros, informes sueños no soñados, esferas de apagado resplandor que podían ser sueños apenas soñados, y seres alados y rientes que parecían burlarse de los soñadores de todos los mundos. Luego pareció abrirse una grieta de claridad en las tinieblas que tenía ante sí, y vio la ciudad del valle brillando espléndidamente allá, allá abajo, sobre un fondo de mar y de cielo, y una montaña coronada de nieve cerca de la costa.

Kuranes despertó en el instante en que vio la ciudad; sin embargo, supo con esa mirada fugaz que no era otra que Celefais, la ciudad del Valle de Ooth-Nargai, situada más allá de los Montes Tanarios, donde su espíritu había morado durante la eternidad de una hora, en una tarde de verano, hacía mucho tiempo, cuando había huido de su niñera y había dejado que la cálida brisa del mar lo aquietara y lo durmiera mientras observaba las nubes desde el acantilado próximo al pueblo. Había protestado cuando lo encontraron, lo despertaron y lo llevaron a casa; porque precisamente en el momento en que lo hicieron volver en sí, estaba a punto de embarcar en una galera dorada rumbo a esas seductoras regiones donde el cielo se junta con el mar. Ahora se sintió igualmente irritado al despertar, ya que al cabo de cuarenta monótonos años había encontrado su ciudad fabulosa.

Pero tres noches después, Kuranes volvió a Celefais. Como antes, soñó primero con el pueblo que parecía dormido o muerto, y con el abismo al que debía descender flotando en silencio; luego apareció la grieta de claridad una vez más, contempló los relucientes alminares de la ciudad, las graciosas galeras fondeadas en el puerto azul, y los árboles gingco del Monte Arán mecidos por la brisa marina. Pero esta vez no lo sacaron del sueño; y descendió suavemente hacia la herbosa ladera como un ser alado, hasta que al fin sus pies descansaron blandamente en el césped. En efecto, había regresado al valle de Ooth-Nargai, y a la espléndida ciudad de Celefais.

Kuranes paseó en medio de yerbas fragantes y flores espléndidas, cruzó el burbujeante Naraxa por el minúsculo puente de madera donde había tallado su nombre hacía muchísimos años, atravesó la rumorosa arboleda, y se dirigió hacia el gran puente de piedra que hay a la entrada de la ciudad. Todo era antiguo; aunque los mármoles de sus muros no habían perdido su frescor, ni se habían empañado las pulidas estatuas de bronce que sostenían. Y Kuranes vio que no tenía por qué temer que hubiesen desaparecido las cosas que él conocía; porque hasta los centinelas de las murallas eran los mismos, y tan jóvenes como él los recordaba. Cuando entró en la ciudad, y cruzó las puertas de bronce, y pisó el pavimento de ónice, los mercaderes y camelleros lo saludaron como si jamás se hubiese ausentado; y lo mismo ocurrió en el templo de turquesa de Nath-Horthath, donde los sacerdotes, adornados con guirnaldas de orquídeas le dijeron que no existe el tiempo en Ooth-Nargai, sino sólo la perpetua juventud. A continuación, Kuranes bajó por la Calle de los Pilares hasta la muralla del mar, y se mezcló con los mercaderes y marineros y los hombres extraños de esas regiones en las que el cielo se junta con el mar. Allí permaneció mucho tiempo, mirando por encima del puerto resplandeciente donde las ondulaciones del agua centelleaban bajo un sol desconocido, y donde se mecían fondeadas las galeras de lejanos lugares. Y contempló también el Monte Arán, que se alzaba majestuoso desde la orilla, con sus verdes laderas cubiertas de árboles cimbreantes y con su blanca cima rozando el cielo.

Más que nunca deseó Kuranes zarpar en una galera hacia lejanos lugares, de los que tantas historias extrañas había oído; así que buscó nuevamente al capitán que en otro tiempo había accedido a llevarlo. Encontró al hombre, Athib, sentado en el mismo cofre de especias en que lo viera en el pasado; y Athib no pareció tener conciencia del tiempo transcurrido. Luego fueron los dos en bote a una galera del puerto, dio órdenes a los remeros, y salieron al Mar Cerenerio que llega hasta el cielo. Durante varios días se deslizaron por las aguas ondulantes, hasta que al fin llegaron al horizonte, donde el mar se junta con el cielo. No se detuvo aquí la galera, sino que siguió navegando ágilmente por el cielo azul entre vellones de nube teñidos de rosa. Y muy por debajo de la quilla, Kuranes divisó extrañas tierras y ríos y ciudades de insuperable belleza, tendidas indolentemente a un sol que no parecía disminuir ni desaparecer jamás. Por último, Athib le dijo que su viaje no terminaba nunca, y que pronto entraría en el puerto de Sarannian, la ciudad de mármol rosa de las nubes, construida sobre la etérea costa donde el viento de poniente sopla hacia el cielo; pero cuando las más elevadas de las torres esculpidas de la ciudad surgieron a la vista, se produjo un ruido en alguna parte del espacio, y Kuranes despertó en su buhardilla de Londres.

Después, Kuranes buscó en vano durante meses la maravillosa ciudad de Celefais y sus galeras que hacían la ruta del cielo; y aunque sus sueños lo llevaron a numerosos y espléndidos lugares, nadie pudo decirle cómo encontrar el Valle de Ooth-Nargai, situado más allá de los Montes Tanarios. Una noche voló por encima de oscuras montañas donde brillaban débiles y solitarias fogatas de campamento, muy diseminadas, y había extrañas y velludas manadas de reses cuyos cabestros portaban tintineantes cencerros; y en la parte más inculta de esta región montañosa, tan remota que pocos hombres podían haberla visto, descubrió una especie de muralla o calzada empedrada, espantosamente antigua, que zigzagueaba a lo largo de cordilleras y valles, y demasiado gigantesca para haber sido construida por manos humanas. Más allá de esa muralla, en la claridad gris del alba, llegó a un país de exóticos jardines y cerezos; y cuando el sol se elevó, contempló tanta belleza de flores blancas, verdes follajes y campos de césped, pálidos senderos, cristalinos manantiales, pequeños lagos azules, puentes esculpidos y pagodas de roja techumbre, que, embargado de felicidad, olvidó Celefais por un instante. Pero nuevamente la recordó al descender por un blanco camino hacia una pagoda de roja techumbre; y si hubiese querido preguntar por ella a la gente de esta tierra, habría descubierto que no había allí gente alguna, sino pájaros y abejas y mariposas. Otra noche, Kuranes subió por una interminable y húmeda escalera de caracol, hecha de piedra, y llegó a la ventana de una torre que dominaba una inmensa llanura y un río iluminado por la luna llena; y en la silenciosa ciudad que se extendía a partir de la orilla del río, creyó ver algún rasgo o disposición que había conocido anteriormente. Habría bajado a preguntar el camino de Ooth-Nargai, si no hubiese surgido la temible aurora de algún remoto lugar del otro lado del horizonte, mostrando las ruinas y antigüedades de la ciudad, y el estancamiento del río cubierto de cañas, y la tierra sembrada de muertos, tal como había permanecido desde que el rey Kynaratholis regresara de sus conquistas para encontrarse con la venganza de los dioses.

Y así, Kuranes buscó inútilmente la maravillosa ciudad de Celefais y las galeras que navegaban por el cielo rumbo a Seranninan, contemplando entretanto numerosas maravillas y escapando en una ocasión milagrosamente del indescriptible gran sacerdote que se oculta tras una máscara de seda amarilla y vive solitario en un monasterio prehistórico de piedra, en la fría y desierta meseta de Leng. Al cabo del tiempo, le resultaron tan insoportables los desolados intervalos del día, que empezó a procurarse drogas a fin de aumentar sus periodos de sueño. El hachís lo ayudó enormemente, y en una ocasión lo trasladó a una región del espacio donde no existen las formas, pero los gases incandescentes estudian los secretos de la existencia. Y un gas violeta le dijo que esta parte del espacio estaba al exterior de lo que él llamaba el infinito. El gas no había oído hablar de planetas ni de organismos, sino que identificaba a Kuranes como una infinitud de materia, energía y gravitación. Kuranes se sintió ahora muy deseoso de regresar a la Celefais salpicada de alminares, y aumentó su dosis de droga. Después, un día de verano, lo echaron de su buhardilla, y vagó sin rumbo por las calles, cruzó un puente, y se dirigió a una zona donde las casas eran cada vez más escuálidas. Y allí fue donde culminó su realización, y encontró el cortejo de caballeros que venían de Celefais para llevarlo allí para siempre.

Hermosos eran los caballeros, montados sobre caballos ruanos y ataviados con relucientes armaduras, y cuyos tabardos tenían bordados extraños blasones con hilo de oro. Eran tantos, que Kuranes casi los tomó por un ejército, aunque habían sido enviados en su honor; porque era él quien había creado Ooth-Nargai en sus sueños, motivo por el cual iba a ser nombrado ahora su dios supremo. A continuación, dieron a Kuranes un caballo y lo colocaron a la cabeza de la comitiva, y emprendieron la marcha majestuosa por las campiñas de Surrey, hacia la región donde Kuranes y sus antepasados habían nacido. Era muy extraño, pero mientras cabalgaban parecía que retrocedían en el tiempo; pues cada vez que cruzaban un pueblo en el crepúsculo, veían a sus vecinos y sus casas como Chaucer y sus predecesores les vieron; y hasta se cruzaban a veces con algún caballero con un pequeño grupo de seguidores. Al avecinarse la noche marcharon más deprisa, y no tardaron en galopar tan prodigiosamente como si volaran en el aire. Cuando empezaba a alborear, llegaron a un pueblo que Kuranes había visto bullente de animación en su niñez, y dormido o muerto durante sus sueños. Ahora estaba vivo, y los madrugadores aldeanos hicieron una reverencia al paso de los jinetes calle abajo, entre el resonar de los cascos, que luego desaparecieron por el callejón que termina en el abismo de los sueños. Kuranes se había precipitado en ese abismo de noche solamente, y se preguntaba cómo sería de día; así que miró con ansiedad cuando la columna empezó a acercarse al borde. Y mientras galopaba cuesta arriba hacia el precipicio, una luz radiante y dorada surgió de occidente y vistió el paisaje con refulgentes ropajes. El abismo era un caos hirviente de rosáceo y cerúleo esplendor; unas voces invisibles cantaban gozosas mientras el séquito de caballeros saltaba al vacío y descendía flotando graciosamente a través de las nubes luminosas y los plateados centelleos. Seguían flotando interminablemente los jinetes, y sus corceles pateaban el éter como si galopasen sobre doradas arenas; luego, los encendidos vapores se abrieron para revelar un resplandor aún más grande: el resplandor de la ciudad de Celefais, y la costa, más allá; y el pico que dominaba el mar, y las galeras de vivos colores que zarpan del puerto rumbo a lejanas regiones donde el cielo se junta con el mar.

Y Kuranes reinó en Ooth-Nargai y todas las regiones vecinas de los sueños, y tuvo su corte alternativamente en Celefais y en la Serannian formada de nubes. Y aún reina allí, y reinará feliz para siempre; aunque al pie de los acantilados de Innsmouth, las corrientes del canal jugaban con el cuerpo de un vagabundo que había cruzado el pueblo semidesierto al amanecer; jugaban burlonamente, y lo arrojaban contra las rocas, junto a las Torres de Trevor cubiertas de hiedra, donde un millonario obeso y cervecero disfruta de un ambiente comprado de nobleza extinguida.

Celephaïs, por H.P. Lovecraft.

Puedes leer otros grandes relatos de este autor como Polaris o Hechos tocantes al difunto Arthur Jermyn y su familia y de otros autores en la gran web que ya he recomendado alguna vez titulada Ciudad Seva. Salud.
 
 
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