en 1899 y publicado en 1901, tras conocer los hechos referentes a la ejecución del coronel John Poyer de Pembroke (todos los detalles
). Tras años buscando una digitalización al fin he encontrado una, así que la cuelgo aquí para que puedas disfrutar de esta apasionante historia. Que yo sepa, sólo puede encontrarse en castellano en el libro
. Disfruta.
I
Eran los tiempos de Oliver Cromwell. El coronel Mayfair era el oficial
más joven de su rango en los ejércitos de la Commonwealth; sólo tenía
treinta años. No obstante, a pesar de su juventud, ya era un veterano
curtido por los rigores de la guerra, pues había empezado su vida
militar a los diecisiete años. Participó en muchos combates, y su coraje
en el campo de batalla le valió, poco a poco, su alto cargo en el
servicio y la admiración de los hombres. Pero ahora se veía en serias
dificultades; una sombra se cernía sobre su futuro.
Caía la noche invernal, y afuera azotaba la tormenta y la oscuridad.
Adentro, reinaba el silencio melancólico, pues el coronel y su joven
esposa hablaron de su dolor hasta el cansancio, leyeron la Biblia y
rezaron la oración de la noche, y ya no podían hacer otra cosa que
quedarse sentados, tomados de la mano, mirando el fuego, y pensar... y
esperar. No tendrían que esperar mucho tiempo, lo sabían, y la esposa se
estremeció al pensarlo.
Tenían una sola hija, Abby, de siete años, adorada por ambos. La niña no
tardaría en bajar a darles el beso de las buenas noches, y el coronel
decidió hablar en ese momento:
—Sécate las lágrimas y aparentemos alegría, por su bien. Tenemos que olvidar por ahora lo que va a ocurrir —dijo.
—Lo haré. Los guardaré en mi corazón, que se está destrozando.
—Y aceptaremos lo que nos ha de venir, y lo soportaremos con paciencia, sabiendo que Él todo lo hace con rectitud y bondad.
—Y diciendo: hágase Su voluntad. Sí, puedo decirlo desde el fondo de mi
alma y mi mente... y también lo diría desde el fondo de mi corazón, si
pudiera. ¡Ah, si pudiera! Si esta querida mano que oprimo y beso por
última vez...
—¡Calla, mi amor! ¡Ya viene la niña!
Una pequeña figura de cabellos rizados, en camisón, se apareció por la
puerta y corrió hacia su padre, que la abrazó y la besó con fervor una,
dos y tres veces.
—¡Papi! No me beses así, que me enredas el cabello.
—Ah, lo siento, lo siento mucho. ¿Me perdonas, querida?
—Pero por supuesto, papi. Pero ¿de verdad lo sientes? ¿No estás fingiendo, y realmente lo sientes?
—Bueno, juzga por ti misma, Abby —y el coronel se cubrió la cara con las manos y simuló sollozar.
La niña se llenó de remordimientos al ver el hecho trágico que había
causado, y empezó a llorar, a tirar de las manos de su padre y a decir:
—¡Ay, no, papi, por favor no llores! Abby no lo dijo en serio; Abby
nunca lo volverá a hacer. Por favor, papi. —Mientras tiraba y se
esforzaba por separar los dedos, vio fugazmente un ojo detrás de la
mano, y exclamó—: Ah, papi travieso, ¡no estás llorando! ¡Es una broma! Y
ahora Abby se va con su mamá, porque tú no tratas bien a Abby.
La niña intentó bajarse, pero su papá la abrazó con fuerza y le dijo:
—No, quédate conmigo, querida. Papi se portó mal y lo admite, y lo
siente mucho. Ahí está, déjalo que te bese las lágrimas; le pide perdón a
Abby, y hará todo lo que Abby le diga que debe hacer, como castigo. Ya
los besos secaron las lágrimas y ni uno de los rizos se despeinó..., y
lo que Abby mande...
Y se reconciliaron; en un instante volvió la alegría y se le iluminó la
cara a la niña, que empezó a acariciar las mejillas de su papá, mientras
nombraba el castigo:
—¡Un cuento! ¡Un cuento!
¡Atención!
Los padres contuvieron el aliento y escucharon. ¡Pasos, apenas
perceptibles entre las ráfagas de viento! Se acercaban poco a poco —más
fuertes, más fuertes—, y luego pasaron de largo y desaparecieron. Los
padres respiraron aliviados, y el papá dijo:
—¿Quieres un cuento, dijiste? ¿Alegre?
—No, papi, uno de miedo.
El padre quería contar un cuento alegre, pero la niña insistía en sus
derechos... Tal como acordaron, podía obtener lo que ordenara. El
coronel era un buen soldado puritano y había dado su palabra. Se dio
cuenta de que tenía que respetarla.
—Papi —explicó la niña—, no tienes que contarme cuentos alegres todo el
tiempo. La niñera dice que la gente no siempre vive momentos felices.
¿Es cierto, papi? Ella dice eso.
La mamá dio un suspiro, y volvió a pensar en sus problemas.
—Es cierto, querida —respondió el padre, con suavidad—. Siempre llegan las preocupaciones. Es una lástima, pero es verdad.
—Ah, entonces cuéntame algún cuento sobre ellas, papi..., uno de miedo,
así todos temblamos y hacemos como que nos pasa a nosotros. Mami,
acércate y toma a Abby de la mano, de modo que si es demasiado terrible,
va a ser más fácil que lo soportemos todos juntos, sabes. Ya puedes
empezar, papi.
—Bueno, había una vez tres coroneles...
—¡Ah, qué bien! Yo conozco coroneles. Es fácil, porque tú eres uno y sé cómo se visten. Sigue, papi.
—Y durante una batalla cometieron una falta de disciplina.
Las palabras importantes le resultaron agradables a Abby, y levantó la vista, llena de asombro y de interés:
—¿Eso se come? ¿Es rico, papi? —preguntó.
Los padres esbozaron una sonrisa, el coronel contestó:
—No, es otra cosa, querida. Se extralimitaron en el cumplimiento de sus órdenes.
—¿Y eso se...?
—No, tampoco se come, igual que lo otro. Se les ordenó simular un ataque
a un puesto muy defendido durante una batalla ya casi perdida, con el
fin de dispersar al enemigo para que las fuerzas de la Commonwealth
tuvieran la posibilidad de retroceder; pero, llevados por el entusiasmo,
pasaron por alto las órdenes y convirtieron la simulación en un hecho
real. Tomaron el puesto por asalto, salieron victoriosos y ganaron la
batalla. El general se puso furioso por su desobediencia. Los elogió
mucho, pero los mandó a Londres para que los sometieran a juicio.
—¿Ése es el gran general Cromwell, papi?
—Sí.
—¡Ah, yo lo he visto, papi! Y cuando pasa delante de nuestra casa, tan
magnífico en su caballo grande, con los soldados, parece tan..., tan...,
bueno, no sé cómo, sólo que parece que no está contento, y se nota que
la gente le tiene miedo. Pero yo no le tengo miedo, porque a mí no me
mira así.
—Ah, mi querida charlatana. Bueno, los coroneles fueron a Londres como
prisioneros y, bajo su palabra de honor, les permitieron ir a ver a sus
familias por última...
¡Atención!
Se quedaron escuchando en silencio. De nuevo pasos, pero una vez más
siguieron de largo. La mamá recostó la cabeza sobre el hombro de su
marido para ocultar su palidez.
—Llegaron esta mañana.
La niña abrió los ojos, llenos de asombro.
—Pero, papi, ¿es un cuento verdadero?
—Sí, querida.
—¡Qué bueno! Así está mucho mejor. Sigue, papi. Pero ¡mami! Querida mami, ¿estás llorando?
—No me hagas caso, preciosa. Estaba pensando en..., en... las pobres familias.
—Pero no llores, mami; todo va a salir bien..., vas a ver; los cuentos
siempre terminan bien. Sigue, papi, hasta la parte en que vivieron
felices y comieron perdices; así ya no va a llorar. Ya vas a ver, mami.
Sigue, papi.
—Antes de dejar que volvieran a su casa, los llevaron a la Torre.
—¡Ah, yo conozco la torre! Desde aquí podemos verla. Sigue, papi.
—Sigo lo mejor que puedo... bajo las circunstancias. En la Torre la
corte militar los juzgó durante una hora, los declaró culpables y los
condenó a ser fusilados.
—¿A morir, papi?
—Sí.
—¡Ay, qué malos!
—Querida mami, estás llorando otra vez. No lo hagas, mami; pronto va a
llegar a la parte buena..., vas a ver. Apúrate, papi. Hazlo por mami.
Tienes que contarlo más rápido.
—Sí, lo sé, pero es porque me detengo mucho a reflexionar, supongo.
—Pero no debes hacerlo, papi. Tienes que seguir adelante.
—Muy bien, pues. Los tres coroneles...
—¿Los conoces, papi?
—Sí, mi amor.
—Ay, a mí me gustaría conocerlos. Me encantan los coroneles. ¿Crees que me dejarían que les diera un beso?
Al coronel le tembló un poco la voz cuando le respondió:
—Uno de ellos, sí, preciosa. A ver..., dame un beso por él.
—Toma, papi..., y estos dos son para los otros. Creo que sí me dejarían
que los besara, papi, porque les diría: «Mi papá también es un coronel, y
muy valiente, y él hubiera hecho lo mismo que ustedes, así que no puede
ser tan malo, digan lo que digan esas personas, y no tienen que
avergonzarse de nada.» Entonces me dejarían besarlos, ¿no es cierto,
papi?
—¡Dios sabe que sí, hija mía!
—Mami..., ay, mami, no debes llorar. Ya va a llegar a la parte feliz. Sigue, papi.
—Entonces, algunos se arrepintieron... en realidad, todos. Me refiero a
la corte militar. Y fueron a ver al general, y le dijeron que habían
cumplido con su deber —porque era su deber, sabes—, y ahora le rogaban
que perdonara a dos de los coroneles y que sólo fusilaran al otro. Les
parecía que uno sería suficiente como ejemplo para el ejército. Pero el
general era muy severo y les reprochó que, habiendo llevado a cabo su
deber y aliviado su conciencia, quisieran inducirlo a ser menos y
mancillar de ese modo su honor de soldado. Pero le respondieron que no
le estaban pidiendo nada que ellos mismos no harían si ocuparan tan alto
cargo y tuvieran en sus manos la prerrogativa del perdón. Eso lo
impresionó. Hizo una pausa y se quedó pensando, mientras desaparecía la
severidad de su rostro. Entonces les pidió que esperaran y se retiró a
su gabinete a pedirle consejo a Dios por medio de la oración. Y cuando
volvió a salir, les comunicó: «Harán un sorteo. Lo decidirán ellos, y
dos conservarán la vida.»
—¿Y lo hicieron, papi, lo hicieron? ¿Y cuál va a morir? Ay, pobre hombre.
—No. Se negaron.
—¿No lo hicieron, papi?
—No.
—¿Por qué?
—Dijeron que el que sacara el grano fatal se condenaría a sí mismo a
morir a través de un acto voluntario, y eso no sería otra cosa que
suicidio, lo llames como lo llames. Afirmaron que eran cristianos y que
la Biblia les prohibía a los hombres que se quitaran la vida. Enviaron
esa respuesta y dijeron que estaban listos... y que ejecutaran
simplemente la sentencia de la corte.
—¿Eso qué quiere decir, papi?
—Que..., que los van a fusilar.
¡Atención!
¿El viento? No. Tram... tram... r-r-r-amble, damdam... r-r-r-amble, damdam...
—¡Abran! ¡En nombre del general!
—Ay, qué bueno, papi. ¡Son los soldados! ¡Me gustan los soldados! ¡Déjame abrirles, papi, déjame a mí!
Pegó un salto, corrió hacia la puerta y la abrió, gritando contenta:
—¡Pasen, pasen! Aquí están, papi. ¡Granaderos! ¡Conozco a los Granaderos!
Entraron los soldados y se pusieron en fila con las armas al hombro. El
oficial saludó, mientras el coronel condenado se mantenía derecho y
devolvía el saludo. Su esposa estaba a su lado, pálida y con las
facciones contraídas por el sufrimiento interno, pero sin dar ninguna
otra muestra de dolor, en tanto la niña observaba el espectáculo con
ojos chispeantes...
Un largo abrazo, del padre, la madre y la niña. Luego la orden: «A la
Torre... ¡Marchen!» Entonces el coronel salió de la casa marchando con
paso y porte militar, seguido de la fila de soldados. Entonces, se cerró
la puerta.
—Ay, mami. ¿No es cierto que resultó lindo? Te lo dije, y se van a la Torre, y papi los va a ver. Él...
—Ah, ven a mis brazos, pobre niña inocente...
II
A la mañana siguiente, la afligida madre no pudo dejar la cama. Los
médicos y las enfermeras estaban a su lado y de vez en cuando susurraban
entre ellos. A Abby no le permitían entrar en la habitación y le
dijeron que saliera a jugar, que mamá estaba muy enferma. La niña, bien
abrigada, salió y jugó en la calle un rato, pero entonces le pareció
raro, y también mal, que su papá estuviera en la Torre sin saber lo que
estaba ocurriendo en su casa. Había que remediar esa situación, y ella
lo haría en persona.
Una hora después, la corte militar recibió órdenes de presentarse ante
el general. Éste se encontraba de pie, ceñudo y en posición rígida, con
los nudillos apoyados sobre la mesa, y les indicó que estaba listo para
escuchar el informe.
—Les hemos pedido que vuelvan a considerar su decisión —dijo el
portavoz—, se lo hemos implorado. No obstante, insisten. No van a hacer
el sorteo. Están dispuestos a morir, pero no a profanar su religión.
La cara del regente se ensombreció, pero no dijo nada. Se quedó pensando un rato y luego expuso:
—No morirán los tres. Otros harán el sorteo —los rostros de los miembros
de la corte brillaron de gratitud—. Vayan a buscarlos y ubíquenlos en
esa habitación. Que se coloquen uno junto al otro, con la cara vuelta
hacia la pared y las muñecas cruzadas a la espalda. Avísenme en cuanto
estén allí.
Cuando se quedó solo, se sentó y de inmediato le dio una orden a un asistente:
—Vaya y tráigame al primer niño que pase por la puerta.
El soldado no demoró ni un segundo en volver; llevaba de la mano a Abby,
cuya ropa estaba apenas cubierta de nieve. La niña fue derecho hacia el
jefe de Estado, ese formidable personaje que hacía temblar a los
soberanos y poderosos de la tierra ante la sola mención de su nombre, y
se sentó en su regazo:
—Lo conozco, señor —dijo la niña—. Usted es el general. Lo he visto. Lo
he visto mientras pasaba delante de mi casa. Todos le tenían miedo, pero
yo no, porque usted no parecía enojado conmigo. Lo recuerda, ¿verdad?
Llevaba puesto mi vestido rojo con adornos azules en la parte de
adelante. ¿No se acuerda?
Una sonrisa suavizó las líneas austeras de la cara del regente, y se esforzó por encontrar una respuesta diplomática:
—Esto..., déjame ver..., yo...
—Me encontraba justo delante de la casa, mi casa, ¿sabe?
—Bueno, linda criaturita, debería sentirme avergonzado, pero te diré que...
La niña lo interrumpió, con tono de reproche:
—Ya veo: no lo recuerda. ¿Por qué? Yo no me olvidé de usted.
—Ahora sí que me siento avergonzado, pero no te voy a olvidar otra vez,
querida niña. Te doy mi palabra. ¿Podrás disculparme, por un momento? Y
seguiremos siendo buenos amigos para toda la vida, ¿verdad?
—Sí, de verdad que sí. No sé cómo pudo olvidarlo. Debe ser muy
olvidadizo, pero yo también lo soy a veces. De todos modos, puedo
perdonarlo sin ningún problema, pues creo que usted quiere ser bueno y
hacer bien las cosas, y creo también que es muy bondadoso..., pero tiene
que darme un abrazo, como hace papi. Hace frío.
—Te daré todos los abrazos que quieras, linda amiguita, y serás mi vieja
amiga para siempre, de aquí en adelante, ¿no es cierto? Me recuerdas a
mi hija cuando era niña. Ya no lo es, pero era amable, dulce y delicada
como tú. Tenía tu encanto, pequeña hechicera, tu irresistible y dulce
confianza en los amigos y en los extraños por igual, esa confianza que
somete a voluntaria esclavitud a todo aquel que reciba su precioso
halago. Solía quedarse en mis brazos, como lo haces tú ahora, y alejaba
con su encanto el cansancio y las preocupaciones de mi corazón, y le
daba paz, como lo haces tú ahora. Éramos camaradas e iguales, y
compañeros de juego. Hace ya mucho tiempo que desapareció y se
desvaneció ese agradable paraíso, pero tú me lo has traído de nuevo.
¡Recibe por ello la bendición de un hombre agobiado, pequeña criatura,
tú que soportas el peso de Inglaterra mientras yo descanso!
—¿La quería usted mucho, mucho, mucho?
—Ah, a ver qué opinas: ella daba órdenes y yo obedecía.
—Creo que usted es encantador. ¿Quiere darme un beso?
—Con gusto... y, además, lo considero un privilegio. Toma... Éste es
para ti, y éste es para ella. Sólo me lo pediste y podrías habérmelo
ordenado, porque la representas, y lo que mandas, debo obedecer.
La niña aplaudió encantada ante la idea de esa gran promoción, y
entonces oyó un ruido cercano, el paso fuerte y regular de hombres
marchando.
—¡Soldados, soldados, general! ¡Abby quiere verlos!
—Los verás, querida, pero espera un momento. Tengo que encargarte una misión.
Entró un oficial e hizo una profunda reverencia.
—Ya llegaron, Alteza —anunció, volvió a hacer una reverencia y se retiró.
El jefe de Estado le dio a Abby tres pequeños discos de cera, dos
blancos y uno rojo subido: pues esta misión sellaría la muerte del
coronel al que le tocara el rojo.
—¡Ah, qué lindo disco rojo! ¿Son para mí?
—No, querida niña. Son para otros. Levanta la punta de esa cortina,
allí, que oculta una puerta abierta; crúzala y vas a ver a tres hombres
en fila, de espaldas a ti y con las manos atrás..., así..., cada uno con
una mano abierta... igual que una taza. Pon una de estas cosas en cada
una de las manos abiertas, y luego regresa a donde estoy yo.
Abby desapareció detrás de la cortina, y el regente se quedó solo.
—Sin duda —dijo, piadosamente—, se me ha ocurrido ese buen pensamiento
durante mi estado de perplejidad, y me lo ha enviado Él, que siempre
está presente para ayudar a los que vacilan y buscan Su auxilio. Él sabe
dónde debe recaer la elección, y ha enviado a Su mensajero libre de
pecado para que se cumpla Su voluntad. Otro se equivocaría, pero Él no
se equivoca. Los caminos del Señor son maravillosos y sabios... ¡Bendito
sea Su santo nombre!
La pequeña hada cerró la cortina tras ella y se detuvo un instante para
examinar con curiosidad y avidez el mobiliario de la cámara nefasta, las
rígidas figuras de la soldadesca y los prisioneros. Entonces se le
iluminó la cara de alegría, y se dijo: «¡Caramba, uno de ellos es papi!
Reconozco su espalda. ¡Le voy a dar el más bonito!» Se acercó contenta y
dejó caer los discos en las manos abiertas; luego se asomó por debajo
del brazo de su papá, levantó el rostro sonriente y exclamó:
—¡Papi! Mira lo que tienes. ¡Te lo di yo!
El padre le echó un vistazo al regalo fatal, cayó de rodillas y, en un
paroxismo de amor y compasión, estrechó contra su pecho a su inocente y
pequeño verdugo. Los soldados, los oficiales, los prisioneros en
libertad, todos se quedaron paralizados por un instante ante la
enormidad de la tragedia. Pero entonces la conmovedora escena les rompió
el corazón, se les llenaron los ojos de lágrimas y lloraron sin pudor.
Durante unos minutos, hubo un silencio profundo y reverente. Luego el
oficial de la guardia se adelantó, de mala gana, y tocó al prisionero en
el hombro, mientras le decía, con suavidad:
—Me apena, señor, pero el deber me lo ordena.
—¿Ordena qué? —preguntó la niña.
—Tengo que llevármelo. Lo siento mucho.
—¿Llevárselo? ¿Adónde?
—A..., a... ¡Dios me ayude! A otro lado de la fortaleza.
—Pero no puede. Mi mamá está enferma y voy a llevarlo a casa. —La niña
se soltó, trepó sobre la espalda de su padre y le pasó los brazos
alrededor del cuello—. Abby ya está lista, papi. Vamos.
—Mi preciosa niña, no puedo. Debo irme con ellos.
La niña saltó al suelo y miró a su alrededor, perpleja. Entonces corrió
hacia el oficial, pegó una patada en el suelo, indignada, y le gritó:
—Le dije que mi mamá está enferma, y debería escucharme. Suéltelo. ¡Debe hacerlo!
—Ay, pobre niña. Ojalá Dios me lo permitiera, pero realmente debo
llevármelo. ¡Atención, guardias! ¡En fila! ¡Armas al hombro...!
Abby desapareció como un rayo.
No tardó en regresar, arrastrando al general de la mano. Ante aquella
formidable aparición, todos los presentes asumieron la posición de
firmes, los oficiales hicieron el saludo y los soldados presentaron
armas.
—¡Deténgalos, señor! Mi mamá está enferma y necesita a mi papá. Les dije
que lo soltaran, pero no me escucharon ni me hicieron caso, y se lo
están llevando.
El general se quedó inmóvil, como aturdido.
—¿Tu papá, hija mía? ¿Él es tu papá?
—Pero por supuesto. Siempre lo ha sido. ¿Acaso le hubiera dado el lindo disco rojo a otro, cuando quiero tanto a mi papi? ¡No!
Una expresión de horror transfiguró la cara del regente.
—¡Que Dios me ayude! —exclamó—. ¡Por culpa de las artimañas de Satanás
he cometido el acto más cruel que puede cometer un hombre! Y no tiene
remedio, no tiene remedio. ¿Qué puedo hacer?
Angustiada e impaciente, Abby exclamó:
—¿Por qué no les dice que lo suelten? —y empezó a llorar—. ¡Dígales que
lo hagan! Usted me dijo que diera órdenes, y ahora, la primera vez que
le ordeno que haga algo, no lo hace.
Una luz suave iluminó el rostro viejo y arrugado, y el general posó la mano sobre la cabeza de la pequeña tirana.
—Gracias a Dios —dijo— por esa promesa impensada, ese accidente que nos
ha salvado, y gracias a ti, inspirada por Él, por recordarme mi
juramento olvidado. ¡Ah, niña incomparable! Oficial, obedezca sus
órdenes..., ella habla por mí. El prisionero está perdonado. ¡Déjelo en
libertad!
-Me alegro de que haya venido -dijo Chalmers.
Estaba sentado junto a la ventana y tenía el semblante muy pálido. Dos altas velas que goteaban cerca de su codo arrojaban una luz enfermiza y ambarina sobre su larga nariz y su barbilla ligeramente deprimida. No había nada moderno en el apartamento de Chalmers. Tenía alma de asceta medieval, y prefería los manuscritos ilustrados a los automóviles, y las gárgolas de piedra de torva mirada a los aparatos de radio y las máquinas de calcular.
Al cruzar la habitación hasta el sofá, que había despejado para mí, miré hacia su mesa y me sorprendió descubrir que había estado estudiando las fórmulas matemáticas de un célebre físico contemporáneo, y que había llenado cantidades de hojas de delgado y amarillento papel con curiosos dibujos geométricos.
-Extraña vecindad la de Einstein y John Dee -dije, al tiempo que mis ojos iban de los diagramas matemáticos a los sesenta o setenta libros raros que componían su curiosa y pequeña biblioteca. Plotino y Emmanuel Moscopulus, santo Tomás de Aquino y Frenicle de Bessy se codeaban en la oscura estantería de ébano, y las sillas, la mesa y el escritorio estaban repletos de folletos sobre hechicería y brujería medievales y magia negra, así como sobre todas las cosas fascinantes y audaces que el mundo moderno ha arrumbado.
Chalmers sonrió con simpatía, y me tendió un cigarrillo ruso en una bandeja curiosamente tallada.
-Estamos descubriendo ahora precisamente -dijo- que los viejos alquimistas y hechiceros tenían razón en unas dos terceras partes, y que su moderno biólogo materialista está equivocado en nueve décimas.
-Usted siempre se ha burlado de la ciencia moderna -dije con cierta impaciencia.
-Sólo del dogmatismo científico -replicó-. Siempre he sido un rebelde, un defensor de las causas perdidas; por eso he decidido rechazar las conclusiones de los biólogos contemporáneos.
-¿Y Einstein? -pregunté.
-¡Es un sacerdote de las matemáticas trascendentales! -murmuró reverentemente-. Es un místico profundo, un explorador de la gran sospecha.
-Entonces no menosprecia enteramente la ciencia.
-Por supuesto que no -afirmó-. Simplemente desconfío del positivismo científico de estos últimos cincuenta años, del positivismo de Haeckel y de Darwin y de Bertrand Russell. Creo que la biología ha fracasado lamentablemente al intentar explicar el misterio del origen y destino del hombre.
-Déles tiempo -repliqué.
Los ojos de Chalmers relampaguearon.
-Amigo mío -murmuró-, su juego de palabras es sublime. Darles tiempo. Eso es precisamente lo que haría. Pero su moderno biólogo se ríe del tiempo. Tiene la clave, pero se niega a utilizarla. ¿Qué sabemos del tiempo, en realidad? Einstein cree que es relativo, que puede interpretarse en términos de espacio, de un espacio curvo. Pero ¿debemos detenernos aquí? Cuando las matemáticas nos abandonan, ¿no podemos seguir con... la intuición?
-Está usted pisando un terreno peligroso -observé-. Esa es una trampa que el verdadero investigador evita. Por eso ha avanzado tan despacio la ciencia moderna. No acepta nada que no pueda demostrarse. Pero usted...
-Yo tomaría hashish, opio, toda clase de drogas. Yo quisiera emular a los sabios orientales. Y entonces, quizá, captaría...
-¿El qué?
-La cuarta dimensión.
-Eso es un disparate teosófico.
-Quizá. Pero creo que las drogas dilatan la conciencia humana. William James coincide conmigo. Y he descubierto una nueva.
-¿Una nueva droga?
-La utilizaban hace siglos los alquimistas chinos; pero es prácticamente desconocida en Occidente. Sus propiedades ocultas son asombrosas. Con ayuda de mis conocimientos matemáticos, creo que puedo retroceder en el tiempo.
-No comprendo.
-El tiempo es meramente nuestra percepción imperfecta de una nueva dimensión del espacio. Tiempo y movimiento son dos ilusiones. Todo lo que ha existido desde el principio del mundo existe todavía. Los acontecimientos que ocurrieron hace siglos en este planeta siguen existiendo en otra dimensión del espacio. Los acontecimientos que sucederán dentro de siglos existen ya. Nosotros no podemos percibir su existencia porque no podemos entrar en la dimensión del espacio que los contiene. Los seres humanos, tal como los conocemos, son meramente fracciones, fracciones infinitamente pequeñas de un todo enorme. Cada ser humano se halla vinculado a toda la vida que le ha precedido en este planeta. Todos sus antepasados son partes de él. Sólo el tiempo le separa de sus predecesores, y el tiempo es una ilusión y no existe.
-Creo que comprendo -murmuré.
-Bastará para mi propósito con que se forme una vaga idea de lo que deseo llevar a cabo. Quiero arrancarme de los ojos el velo de la ilusión que el tiempo ha arrojado sobre ellos, y ver el principio y el fin.
-¿Y cree usted que esta nueva droga le ayudará?
-Estoy seguro de que sí. Y quiero que me ayude usted. Me propongo tomar la droga inmediatamente. No puedo esperar. Debo ver -sus ojos fulguraron extrañamente-. Voy a retroceder, a retroceder en el tiempo.
Se levantó y dio unos pasos hasta la chimenea. Cuando se volvió hacia mí otra vez sostenía en la palma de la mano una cajita cuadrada.
-Aquí tengo cinco gránulos de la droga Liao. Fue utilizada por el filósofo chino Lao-Tsé, y bajo su influjo llegó a ver el Tao. El Tao es la fuerza misteriosa del mundo; lo envuelve y lo penetra todo; contiene al universo visible, a todo cuanto llamamos realidad. El que capte los misterios del Tao ve claramente todo cuanto existió y cuanto existirá.
-¡Tonterías! -repliqué.
-El Tao se asemeja a un gran animal, tumbado, inmóvil, que contiene en su inmenso cuerpo todos los mundos de nuestro universo, los pasados, los presentes y los futuros. Nosotros vemos las porciones del inmenso monstruo a través de un resquicio que llamamos tiempo. Con la ayuda de esta droga, ensancharé este resquicio. Contemplaré la gran figura de la vida, la gran bestia yacente en su totalidad.
-¿Y qué es lo que desea que haga yo?
-Presenciarlo, amigo mío. Presenciarlo y tomar nota. Y si retrocedo demasiado de prisa, devolverme a la realidad. Puede hacerlo sacudiéndome violentamente. Si le parece que sufro algún dolor físico agudo, debe hacerme volver inmediatamente.
-Chalmers -dije-, desearía que no hiciese ese experimento. Va a correr riesgos horribles. No creo que exista ninguna cuarta dimensión, y además no creo en absoluto en el Tao. No apruebo su deseo de someterse a drogas desconocidas.
-Conozco las propiedades de esta droga -replicó él-. Sé con toda precisión de qué modo actúa sobre el animal humano y conozco sus peligros. El riesgo no reside en la droga misma. Mi único temor es el de perderme en el tiempo. Mire, ayudaré a la droga. Antes de tragarme esta píldora concentraré mi atención en los símbolos geométricos y algebraicos que he trazado sobre este papel -alzó la carta matemática que tenía sobre sus rodillas-. Prepararé mi mente para un viaje por el tiempo. Me acercaré a la cuarta dimensión con la mente consciente, antes de tomar la droga que me permitirá ejercer poderes ocultos de percepción. Antes de penetrar en el mundo del sueño de los místicos orientales recabaré toda la ayuda matemática que la moderna ciencia puede ofrecer. Estos conocimientos matemáticos, este acercamiento consciente a una aprehensión real de la cuarta dimensión del tiempo, complementa la acción de la droga. La droga abrirá nuevas y prodigiosas perspectivas; la preparación matemática me permitirá aprehenderlas intelectualmente. He captado a menudo la cuarta dimensión en sueños, emocionalmente, instintivamente, pero nunca he podido recordar, en la vida vigil, los ocultos esplendores que se me revelaron de manera fugaz.
»Pero con su ayuda, creo que podré recordarlos. Usted tomará nota de todo lo que diga mientras esté bajo el influjo de la droga. Por muy extraño o incoherente que sea lo que diga, no deberá omitir nada. Cuando despierte, podré facilitar la clave de todo cuanto parezca misterioso o increíble. No estoy seguro de lograrlo, pero si lo consigo -sus ojos centellearon extrañamente-, ¡el tiempo dejará de existir para mí!
Se sentó repentinamente.
-Haré la prueba ahora mismo. Por favor, póngase allí, junto a la ventana, y preste atención. ¿Tiene una pluma estilográfica?
Asentí lúgubremente y saqué mi pluma Waterman verde del bolsillo superior de mi chaqueta.
-¿Y cuaderno de notas, Frank?
Saqué a regañadientes una agenda.
-Insisto en que desapruebo este experimento -murmuré-. Va a correr un riesgo espantoso.
-¡No se ponga usted como una vieja medrosa! -me reprendió-. Nada de cuanto diga me hará detenerme ahora. Le ruego que guarde silencio mientras estudio estos diagramas.
Alzó los diagramas y los examinó atentamente. Miré cómo el reloj de la repisa de la chimenea marcaba los segundos; una rara sensación de miedo me oprimía el corazón hasta sofocarme.
De súbito, se paró el reloj, y exactamente en ese instante Chalmers se tragó la droga.
Me levanté inmediatamente y fui hacia él, pero sus ojos me suplicaron que no interfiriese.
-El reloj se ha detenido -murmuró-. Las fuerzas que lo controlan aprueban mi experimento. El Tiempo se ha parado, y yo he tomado la droga. Pido a Dios que no extravíe mi camino.
Cerró los ojos y se reclinó en el sofá. La sangre había desaparecido en su rostro y respiraba con fatiga. Evidentemente, la droga estaba obrando con extraordinaria rapidez.
-Empieza a oscurecer -murmuró-. Escriba eso. Empieza a oscurecer, y los objetos familiares de la habitación están desapareciendo. Puedo distinguirlos vagamente a través de las pestañas, pero están desvaneciéndose rápidamente.
Sacudí la pluma para hacer salir la tinta, y escribí taquigráficamente, mientras él seguía hablando.
-Voy a abandonar la habitación. Las paredes se están diluyendo y ya no puedo ver ninguno de los objetos familiares. Su rostro, sin embargo, aún sigue siendo visible para mí. Espero que siga escribiendo. Creo que voy a dar un gran salto... un salto a través del espacio. O quizá a través del tiempo. No sé. Todo es oscuro, indistinto.
Permaneció en silencio durante un rato, con la cabeza apoyada sobre su pecho. Luego, de pronto, se enderezó y sus párpados se agitaron y abrieron.
-¡Dios del cielo! -exclamó-. ¡Veo!
Hacía esfuerzos en su butaca como para incorporarse, mirando fijamente hacia la pared opuesta. Pero yo sabía que miraba más allá del muro, y que los objetos de la habitación no existían para él.
-¡Chalmers! -grité-. Chalmers, ¿le despierto?
-¡No! -gritó-. ¡Lo veo todo! Todos los billones de vidas que me precedieron en este planeta están ante mí en este momento. Veo hombres de todas las épocas, de todas las razas, de todos los colores. Luchan, se matan, construyen, bailan, cantan. Se sientan alrededor de toscas fogatas en desiertos solitarios y grises, y surcan el aire en monoplanos. Cruzan los mares en canoas y en enormes vapores, pintan bisontes y mamuts en las paredes de oscuras cavernas y cubren enormes telas con extraños dibujos futuristas. Contemplo las migraciones desde Atlanta. Y desde Lemuria. Veo las razas anteriores: una horda extraña de enanos negros sojuzga el Asia, y los neandertales de cabeza hundida y rodillas encorvadas se extienden obscenamente por Europa. Veo a los aqueos invadiendo las islas griegas, y los rudos comienzos de la cultura helénica. Estoy en Atenas y Pericles es joven. Estoy en tierras de Italia. Asisto al rapto de las sabinas; marcho con las legiones imperiales. Tiemblo con pasmo y horror al avanzar los enormes estandartes, y el suelo se estremece bajo las pisadas de los victoriosos hastati. Mil esclavos desnudos se arrastran ante mí cuando paso en una litera de oro y marfil tirada por bueyes de Tebas negros como la noche, y las jóvenes, arrojándome flores, me gritan al pasar: Ave Caesar; y yo hago un gesto de asentimiento y sonrío. Ahora soy esclavo en una galera mora. Veo cómo erigen una gran catedral. Se levanta piedra a piedra, y a lo largo de meses y años sigo ahí, y veo cómo van encajando cada piedra en su sitio. Me queman en una cruz con la cabeza hacia abajo en los perfumados jardines de Nerón, y contemplo con burla y regocijo a los afanosos torturadores, en las cámaras de la Inquisición.
»Recorro los más sagrados santuarios; entro en los templos de Venus. Me arrodillo en adoración ante la Magna Mater, y arrojo monedas a las rodillas desnudas de las sagradas cortesanas sentadas con velado rostro en los bosquecillos de Babilonia. Entro en un teatro isabelino y me mezclo con el populacho maloliente y aplaudo El mercader de Venecia. Paseo con Dante por las estrechas calles de Florencia. Veo a la joven Beatriz, y el borde de su vestido roza mis sandalias mientras la miro con arrobamiento. Soy sacerdote de Isis, y mi magia maravilla a las naciones. Simón el Mago se arrodilla ante mí, implorando mi ayuda, y el faraón tiembla cuando yo me acerco. En la India, hablo con los Maestros y huyo gritando de su presencia, pues sus revelaciones son como sal en la herida que sangra.
»Lo percibo todo simultáneamente. Lo contemplo todo desde todos los ángulos, soy una parte de esos prolíficos miles de millones de seres que bullen a mi alrededor. Existo en todos los hombres y todos los hombres existen en mí. Percibo la totalidad de la humana historia en un simple instante, la pasada y la presente.
»Con un simple esfuerzo, puedo ver más y más atrás. Ahora retrocedo a través de extraños ángulos y curvas. Los ángulos y las curvas se multiplican en torno mío. Percibo grandes segmentos de tiempo a través de las curvas. Hay un tiempo curvo y un tiempo angular. Los seres que existen en el tiempo angular no pueden entrar en el tiempo curvo. Es muy extraño.
»Retrocedo más y más. El hombre ha desaparecido de la Tierra. Los reptiles gigantescos se acurrucan bajo las enormes palmeras y nadan en las aguas repugnantemente negras de los lagos. Ahora han desaparecido los reptiles. No quedan animales en la tierra; pero bajo las aguas, claramente visibles para mí, se mueven lentamente oscuras formas por entre una vegetación corrompida.
»Las formas se vuelven cada vez más simples. Ahora son meras células. A mi alrededor hay ángulos... ángulos extraños sin paralelo en la Tierra. Estoy desesperadamente asustado.
»Hay un abismo de ser que el hombre no ha sospechado jamás.
Le miré fijamente. Chalmers se había puesto de pie y gesticulaba con los brazos.
-Ahora cruzo ángulos extraterrestres; me acerco... ¡Oh, el miedo abrasador!
-¡Chalmers! -exclamé-. ¿Quiere que le interrumpa?
Se llevó vivamente la mano derecha al rostro, como para cubrir una visión inenarrable.
-¡Aún no! -exclamó-; seguiré. Veré... lo que... hay... más allá...
Un sudor frío bañó su frente, y sus hombros se estremecieron espasmódicamente.
-Más allá de la vida -su rostro se puso ceniciento de terror-, hay seres que no puedo distinguir. Se mueven con lentitud a través de los ángulos. No tienen cuerpo, y se desplazan lentamente por ángulos atroces.
Fue entonces cuando me di cuenta del olor que reinaba en la habitación. Era un olor acre, indescriptible, tan nauseabundo que apenas se podía soportar. Me dirigí rápidamente a la ventana y la abrí de par en par. Cuando me volví hacia Chalmers, y le miré a los ojos, casi me desmayé.
-¡Creo que me han olfateado! -exclamó-. Se están volviendo hacia mí.
Temblaba horriblemente. Por un momento, arañó en el aire con las manos. Luego sus piernas perdieron fuerzas y se desplomó de bruces, gimiendo y profiriendo ruidos inarticulados.
Le contemplé en silencio mientras se arrastraba por el suelo. Ya no era un hombre. Enseñaba los dientes y le caía la saliva por las comisuras de la boca.
-¡Chalmers -exclamé-, déjelo! ¡Déjelo!, ¿me oye?
Como en respuesta a mi súplica comenzó a proferir una serie de sonidos roncos y convulsivos que más parecían ladridos de perro que otra cosa, y a retorcerse espantosamente en círculo alrededor de la habitación. Me incliné y le agarré por los hombros. Le sacudí violentamente, desesperadamente. Él volvió la cabeza y me mordió la muñeca. Me puse enfermo de horror, pero no me atreví a soltarlo por temor a que se destruyese a sí mismo en un paroxismo de rabia.
-Chalmers -murmuré-, deténgase. No hay nada en la habitación que pueda hacerle ningún daño. ¿Me entiende?
Seguí sacudiéndole y amonestándole, y, gradualmente, la locura se fue borrando de su rostro. Temblando convulsivamente, se desplomó grotescamente acurrucado sobre la alfombra china.
Lo llevé al sofá y lo acomodé en él. Su semblante estaba contraído de dolor; comprendí que luchaba torpemente por escapar de los abominables recuerdos.
-Whisky -susurró-. Encontrará una botella en la vitrina junto a la ventana... en el estante de arriba a la izquierda.
Cuando le tendí la botella, sus dedos se apretaron alrededor de ella hasta que sus nudillos se pusieron azules.
-Casi acaban conmigo -boqueó. Tomó grandes sorbos de la estimulante bebida, y poco a poco le volvió el color a la cara.
-Esa droga es muy perniciosa -murmuré.
-No ha sido la droga -gimió él.
Sus ojos no habían perdido el fulgor demente, pero todavía tenía aspecto de alma perdida.
-Me habían olfateado en el tiempo -gimió-. He ido demasiado lejos.
-¿Cómo eran? -pregunté, por seguirle la comente.
Se inclinó hacia adelante y me agarró del brazo. Temblaba horriblemente.
-¡No hay palabras en nuestra lengua que puedan describirlos! -hablaba en un ronco susurro-. Simbolizan vagamente el mito de la Caída, en una forma obscena que a veces se encuentra grabada en antiguas tabletas. Los griegos tenían un nombre para ellos, que ocultaba su impureza esencial. El árbol, la serpiente y la manzana son símbolos vagos de un misterio espantoso.
Su voz se había elevado hasta el grito.
-Frank, Frank, en el principio se cometió una terrible e inenarrable acción. Antes del tiempo, aconteció esa acción, y a partir de ella...
Se había levantado y paseaba histéricamente por la habitación.
-Las acciones de los muertos se desplazan a través de ángulos en las oscuras oquedades del tiempo. ¡Están hambrientos y sedientos!
-Chalmers... -Supliqué que se sosegara-. Vivimos en la tercera década del siglo xx.
-¡Están flacos y sedientos! -gritó-. ¡Son los Perros de Tíndalos!
-Chalmers, ¿quiere que llame a un médico?
-Un médico no puede ayudarme ahora. Son horrores del alma, y sin embargo -se miró las manos y gimió-, son reales, Frank. Los he visto durante un horrible momento. Durante un instante, he estado en el otro lado. He estado en las grises y pálidas orillas del otro lado del tiempo y del espacio. En una horrible luz que no era luz, en un silencio que gritaba, y los he visto.
»En sus cuerpos flacos y hambrientos se concentraba toda la maldad del universo. Pero ¿tenían cuerpo? Los he visto sólo un momento; no estoy seguro. Pero los he oído resollar. Durante un instante indescriptible los he sentido respirar sobre mi rostro. Se han vuelto hacia mí, y he huido gritando. En un instante, he huido gritando a través del tiempo. Me he alejado millones y millones de años.
»Pero me han olfateado. Los hombres despiertan en ellos un hambre cósmica. Hemos escapado momentáneamente de la impureza que los circundaba. Tienen sed de aquello que hay de limpio en nosotros, de aquello que dimana de las acciones sin mancha. Hay una parte de nosotros que no participa de la acción, y que ellos odian. Pero no imagine que son literalmente, prosaicamente malvados. Están más allá del bien y del mal, según los conocemos nosotros. Son ellos quienes se apartaron al principio de la pureza. Por medio de la acción, se convirtieron en cuerpo de muerte, receptáculos de toda la impureza. Pero no son malos en nuestro sentido, porque en las esferas, a través de las cuales se mueven, no existe el pensamiento, ni la moral, ni lo justo, ni lo injusto, según lo entendemos nosotros. Únicamente existe lo puro y lo impuro. Lo impuro se expresa mediante el ángulo; lo puro mediante las curvas. El hombre, su parte pura, procede de una curva. No se ría. Me refiero literalmente.
Me levanté y busqué mi sombrero.
-Le compadezco de veras, Chalmers -dije, y me dirigí a la puerta-. Pero no tengo intención de seguir escuchando semejante galimatías. Le mandaré mi médico para que le vea. Es persona madura y amable, y no se ofenderá si le manda usted al diablo. Pero espero que escuche su consejo. Una semana de descanso en un buen sanatorio le sentará inmensamente bien.
Le oí reírse mientras bajaba yo las escaleras, pero su risa era tan absolutamente carente de alegría que me hizo llorar.