Morfeo
acecha entre las sombras, regurgitando entre dientes su sibilino canto sobre mi
ser. Sus arcanos vocablos acarician mis oídos y encienden la llama de mi subconsciente.
Enigmáticos recuerdos que no conozco acuden a mi mente en un absurdo e informe
baile, salpicando mi visión con parajes recónditos que no he visitado. Sus
largos y afilados dedos se deslizan sobre mi espalda y manejan mi cabeza como
la de un vulgar títere; abren y cierran mis párpados a su voluntad con
invisibles hilos haciéndome creer que la salvación es posible, que me mantendré
cuerdo y no seré gobernado por las locuras del mundo onírico. Demenciales
quimeras tiran de mí hacia insondables abismos; lujuriosos delirios se abrazan
a mí y me impiden moverme. No puedo resistir. El abismo del sinsentido me
rodea. Antiguas almas que nunca debieron de existir danzan a mi alrededor
celebrando mi llegada al reino sin tiempo. La espiral de vesania da comienzo a
su chiflado infinito. De fondo, oigo las victoriosas carcajadas del señor de mi
nuevo reino. Otro día más, Morfeo ha resultado triunfante sobre mí…
19 de agosto de 2015
14 de diciembre de 2014
Hijo del odio
Mientras robaba comida del huerto de
algún desgraciado, sintió una presencia a su espalda, seguida de un terrible
hedor que le perforaba sus pequeños pulmones como perfora una barrena la madera
podrida; resultaba tan repugnante que habría preferido ser torturado lenta y brutalmente
hasta morir. Al girarse, descubrió a la nauseabunda criatura plantada delante
de él, extendiendo la putrefacción a su alrededor allí donde alcanzaban sus
corruptos tentáculos.
No podría describirse con precisión su
aspecto físico, ya que su cuerpo no parecía seguir ninguna ley euclidiana; era
imposible observar a la criatura sin sentir que el cielo y el propio
firmamento, con todas sus estrellas y planetas, caían con aplomo sobre uno
mismo como lo haría una pesada bota sobre una miserable e insignificante babosa.
Poco puede decirse más allá de que estaba constituida por una absurda masa
informe, más negra que el alquitrán y más oscura que los confines del universo,
a la cual llegaban sus innumerables y repulsivas extremidades, inquietas como
cientos de lombrices confinadas sin escapatoria en un terrario, que contenían,
a su vez, un millar de ojos vacíos e inexpresivos, aparentemente exentos de
vida.
El desdichado ladronzuelo se retorció de
dolor, afligido por la mera visión de la abyecta criatura. Daba la impresión de
que el ente no era tangible, sino que estaba formado por un infame sentimiento:
una especie de mezcla de pura agonía, crueldad y odio, algo que no era
descriptible mediante ningún idioma humano. Este hecho emponzoñó el corazón del
patético observador forzándole a vomitar una y otra vez hasta que no le quedó
nada dentro, hasta que sintió que unas etéreas y gigantescas manos le
estrujaban sus órganos como si escurrieran una fregona sucia. Los ojos, inyectados
en sangre, tenían vida propia, deseosos de escaparse de sus órbitas a causa del
terrible sufrimiento. Su boca, retorcida formando una grotesca mueca, parecía
pretender dar paso libre al alma de su propietario, impaciente por desocupar su
fútil y agónica carcasa.
Entretanto, recordó sorprendido,
mientras gimoteaba en el suelo implorando clemencia a un inexistente dios, las
caras de todos aquellos a los que torturaron hasta arrancarles vil y
satisfactoriamente su último suspiro, él y el resto de sus compañeros. Comprendió
que el inenarrable tormento que estaba padeciendo se debía a aquellos perversos
rituales en los que trató, con éxito, de conseguir la longevidad eterna que
tanto anheló y que tanto dolor causó. Se dio cuenta de ello, precisamente, por
la repentina aparición de esos recuerdos que había enterrado hacía tanto tiempo
en lo más recóndito de su mente. Intentó huir de la insoportable situación en
la que se encontraba refugiándose en ellos, dejando vagar su conciencia por el desconocido
dominio de la memoria.
Recordó cómo planearon los
sanguinolentos rituales tras encontrar aquel libro maldito, cegados por la
ambición de una existencia inmortal; cómo se bañaron entre las vísceras de sus
mutiladas víctimas, engullendo sus almas y glorificando a una entidad desconocida para ellos de la forma descrita
en el pérfido manuscrito; cómo alcanzó aquel éxtasis sobrenatural que le
concedería su más anhelado deseo, tras devorar las espinas dorsales de sus
propios compañeros que le habían ayudado en tan temible hazaña.
Pese
a todo, su mediocre treta se vio interrumpida casi al instante por una enfermiza
y aterradora serie de ruidos que retumbaba dentro de su cabeza, acuchillándole
los sangrantes oídos a medida que los sonidos emergían de la grotesca criatura.
La poca cordura que le restaba fue suficiente para reconocer entre sus propios
gemidos los fonemas que conformaban aquel espantoso idioma, el mismo idioma que
componía el libro maldito. Debido a su escaso conocimiento, el agónico oyente sólo
entendió algunas palabras:
- Guði
þú ka’nggo
eternamente ɔl-árám’átaŋi. Komið ɛkɨ-a-tɨltɨ́l en
tu dios Gnth'äpok ögw’ụg:wụ
fin n-kɨbäínoi días ɛn’kɨbá. Będ’ziesz ɔl-áɨ́tɔ́bɨ́raŋi hijo să
odio.
Aunque, en principio, lo poco que
consiguió descifrar carecía de sentido, el mensaje comenzó rápidamente a cobrar
forma en su cabeza. Cuando comprendió cuál iba a ser su inexorable destino, ya
era demasiado tarde para rogar clemencia –pese a lo banal que habría sido
suplicar indulto al dios del odio-, pues la encarnación de los sentimientos más
bajos y ruines se abalanzó sobre él en un movimiento imposible, absorbiendo
cada parte de su ser y haciéndole desaparecer como lo haría un mago con un
conejo en una chistera.
El dios Gnth'äpok emitió un estremecedor e indescriptible sonido a modo
de carcajada y, mientras se desvanecía de la escena dejando tras de sí un
escenario irremediablemente podrido, dos nuevos ojos se añadieron a los miles
alojados en sus asquerosos tentáculos...
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1 de diciembre de 2014
Atrapado
Subyugado en la inocencia del absurdo.Y este es el tema que inspira semejante e involuntaria regurgitación, escrita de atrás a delante.
Retorcido y doblegado por sí mismo.
La escoria de su calaña era condenada a la cárcel dimetiltriptamínica.
-¿Por qué no termina esta agonía? –se preguntaba.
Sólo quería causar dolor.
Quería volver a su carcasa.
Y mientras tanto, el Tiempo seguía riéndose de él.
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21 de agosto de 2014
Volveremos a ser libres
Tras un parón de más de dos años, he decidido retomar el blog, con el mismo enfoque aunque de un modo distinto. Sólo lo utilizaré para colgar mis escritos o relatos/cuentos de otros autores que me llamen la atención, así como fragmentos remarcables de obras más largas, quizá acompañándolos de música. De hecho, he eliminado entradas obsoletas y aquellas que más o menos se salían de esta nueva línea.
Para este renacimiento, cuelgo un breve texto que escribí hace un año y que guarda relación con las intenciones que tengo para el blog y también una canción que significa mucho para mí, alrededor de la cual ya escribí un relato. Espero que te guste.
Por último, añadir que si te gusta escribir y quieres exponer tus textos aquí, o si te gustaría participar con relatos o fragmentos, dímelo; estaré encantado de ceder este espacio que, en definitiva, es para toda aquella persona que desee refrescar su mente.
Saludos.
Para este renacimiento, cuelgo un breve texto que escribí hace un año y que guarda relación con las intenciones que tengo para el blog y también una canción que significa mucho para mí, alrededor de la cual ya escribí un relato. Espero que te guste.
Me aburres. Me aburres tú, tú, tú, y tú también. Estás hueco. Te han vaciado el cráneo con una cuchara de helados y te lo han rellenado con McInformación. Lo que me cuentas ya me lo han contado antes otros autómatas. Estoy harto, harto de que creas que yo también soy un eslabón más de la cadena de producción. O de que me ridiculices por no serlo. Que quieras que sea como tú y todas esas almas vacias. Que me arodille ante la neodoctrina. Que obedezca a la diosa llamada sociedad. Que me deje llevar por sus mareas de vacuidad. Que sea uno más. Que entre en el rebaño. Que me parezca a ti.
Aun así no he perdido la esperanza. Confío en ti más de lo que crees. Tu eras un ser único y puro antes de ser corrompido por la iCultura. Puedes volver a serlo. Eres tu propio carcelero. Escapar del rebaño será dificil y necesitarás ayuda. Como ver la luz tras años de oscuridad, será doloroso volver a pensar. Puedes lograrlo, sé que lo lograrás.
Y entonces, volveremos a estar juntos. Discutiremos sobre temas que van mas allá de la cotidianidad. Disfrutaremos de nuestra condición de seres racionales. Descubriremos los placeres de la tierra que nos han querido ocultar. Intentaremos comprender cosas que van más allá del entendimiento o la razón. Se nos mostrarán miles de colores y no sólo blanco, negro o gris. Ya no seremos esclavos de la ignorancia. Seremos libres.
Por último, añadir que si te gusta escribir y quieres exponer tus textos aquí, o si te gustaría participar con relatos o fragmentos, dímelo; estaré encantado de ceder este espacio que, en definitiva, es para toda aquella persona que desee refrescar su mente.
Saludos.
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12 de febrero de 2012
Sin título
No sé cómo empezar esto. Quiero hablar sobre música, sobre cómo me hace sentir. Quiero escribirlo, pero me cuesta expresarlo; la idea es general pero me cuesta plasmarla línea a línea. Escribo este esbozo sin futuro mientras suenan unas trompetas derramando lágrimas, gritando al vacío por un motivo que desconozco pero que comprendo perfectamente. La voz del vocalista suena más allá de mis oídos; parece que suena dentro de mi cabeza, pero está más allá. La forma de alargar las palabras me transporta momentáneamente a otros parajes. Me inspira. Me llena. Si existe lo que algunos llaman alma, la música ha penetrado hasta ella y la acaricia sin cesar. El cuerpo flota como el helio y la mente viaja sin límites a lugares que no son de esta realidad. Conciencia pura. Las palabras surgen solas, ni siquiera miro lo que escribo. Como un baile tribal, la melodía me eleva a nuevos estados de conciencia. Pienso en lo que estoy escribiendo, y en lo que podrá pensar la gente que lo lea. En parte me da vergüenza. Pero no importa, esto es necesario. ¿Soledad? Quizá nadie lo siente de esta manera. No me avergüenzo de ello, por eso sigo escribiendo. Pongo otra canción, esta vez incluso me resulta difícil escribir, mantener la atención. Me está llevando. Tira de mí y me invita a adentrarme en el laberinto del subconsciente. Me tomo mi tiempo entre frase y frase. No tiene sentido, escribo lo primero que pienso. ¿Y qué? ¿Acaso debo esconderme? Esto me define como individuo y lo demás no me importa. El bombo me dice que no siga escribiendo, que me vaya a danzar con él, con las cajas de madera y todos los demás. Que me aleje de esta existencia por un instante y descubra infinitas maravillas. Se acaba la canción y vuelvo a esta realidad. Me da el bajón y pienso que no escribiré más. Pero después de un rato, encuentro la canción que estaba buscando. Me animo y escribo esto del tirón con una enorme sonrisa. Lo que puede dar de sí la música. Comprendo perfectamente el sufrimiento del cantante, la protesta de los instrumentos; el puro sentimiento del tema se introduce en mí. Se vuelve a terminar la canción. Todo este momento ha sido irreal, pienso. Ya se acabó. De nuevo entra un tema y la musa reaparece. Se proyecta ante mí y maneja con finos hilos mis inertes dedos. Un canto esperanzador, positivo, que resuena por toda la habitación. Definitivamente, el frenesí ha desaparecido. Estoy más consciente, como si hubiese estado poseído. Me como unos pistachos. La verdad es que ha sido como una ilusión, como si no hubiese pasado. No sé si quería escribir esto. Sólo desahogarme y plasmar esa sensación. De una tirada. Si no te ha gustado… es una pena.
- Los comentarios son muy valorados. Gracias por leerme.
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7 de julio de 2011
El Odio
Lo que presento a continuación es el comienzo de un relato que empecé a escribir y que no he continuado. Me gustaría acabarlo, pero ya no tengo el odio que tenía cuando empecé a escribirlo, en tiempos de campaña política. Principalmente lo coloco aquí para que puedas leerlo y me des tu opinión. Qué le sobra, qué le falta -evidentemente mucho- o simplemente que te ha parecido esta parte. De verdad que agradezco mucho los comentarios. Recuerda que, si lo ves muy pequeño o muy grande -no solo esto, sino todo el blog o cualquier página web- puedes hacer Control+Rueda del ratón arriba o abajo para añadir o reducir zoom respectivamente. Ahí va:
Continuará...
Querido diario:
Hoy he sentido, de nuevo, el odio, el asco, la náusea. Me he levantado como cualquier otro día y he ido al baño a echar una meada. Estaba la radio puesta. La maldita radio. Sonaba una cadena en la que estaba hablando un señor criticando con audaz sátira la prensa con ideología contraria a la cadena y las barbaridades de sus periodistas, mezclando verdad con propaganda del otro partido. No me agrada, pero lo ignoro concentrándome en el váter. Al ir a la cocina a desayunar, la radio también está puesta. Ahora me acosa con periodismo deportivo. Son las 07:50. Aún así, hablan sobre fútbol amargándome el desayuno y probablemente el resto del día. Me entran ganas de liquidar a los presentadores, a los jugadores, a los entrenadores y a todas esas personas que conforman el circo. Repiten sin cesar una y otra vez lo que dijeron ayer y lo que dirán mañana. El odio empieza a formarse en mi interior.
Tras esto, salgo de casa dispuesto a realizar mi dura tarea de estudiante. Estamos en campaña, así que antes de llegar a la parada de autobús veo una gran pancarta colgada de unos árboles. Me dice que vote a un partido, me lo grita cada vez que la miro. Imagino cómo cortaría las cuerdas por la noche, a hurtadillas, mientras la ciudad duerme. Me veo subido a una escalera y boicoteando la pancarta. Pero sólo durante unos instantes, ya que mientras estoy en ese estado de ensoñación he llegado a la parada de autobús, donde se expone con agresividad, en el panel de la marquesina, un cartel de dos metros de campaña política del otro partido. Hace un penoso juego de palabras con el nombre del candidato en el que, por supuesto, miente y manipula. Esto me llena de cólera, aunque no la sufro debido al sueño matutino. Así que me monto en el autobús y comienzo a escuchar música. La música, mi salvadora; ese ser intangible que proviene de otra realidad, más allá del tiempo y del espacio, que abre la válvula de los sentimientos para dar paso a sensaciones únicas. Esto me tranquiliza, y me dedico a mirar al resto de viajeros del autobús. Todos como peones con el pensamiento en otro lugar y las facciones inexpresivas, dispuestos a ir a trabajar o a ir clase, al igual que yo. Me los imagino a todos realizando una marcha militar por la ciudad, con la mente en blanco avanzando inexorablemente hacia a un futuro dictado por el gobierno en falso beneficio de la sociedad.
Bajo del autobús con la intención de coger el Cercanías. Antes de bajar las escaleras de la estación, hay unas trabajadoras repartiendo periódicos gratuitos. Me dije que no iba a hacerlo más, pero cojo uno de ellos y entro a la estación. La portada del periódico me indigna debido a lo banal de la noticia. Un titular que busca llamar la atención; más bien desviarla de otros temas. Entro en el paciente tren y ojeo el periódico. Veo páginas completas con reportajes absurdos, noticias a medias o enteramente vacuas, artículos sobre famosos de la televisión y de nuevo el idiotizante fútbol. Por todo ello comienzo a sentir, esta vez en todos los rincones de mi cuerpo, una indignación abrumadora. Dejo los papeluchos en el asiento más lejano y observo a la gente que me rodea. Como en el autobús, tengo la sensación de que no piensan en nada, de que aceptarían cualquier falacia con confianza ciega. Portan modernos teléfonos con pantallas táctiles que les deja como zombis, con la cara desencajada y la mente en ningún sitio. El enojo previo vuelve a mí y comienzo a despreciar a esas personas. También pienso en esta sensación que me llena, y comienzo a dirigirla hacia mí. No soy mejor que ellos. Olvido esta idea y me quedo traspuesto, con el odio latente en mi interior.
Me despierto sobresaltado, un poco antes de llegar a la parada en la que hago trasbordo. Al ir a salir, una señora que está esperando para subir al vagón me entorpece el camino, seguramente porque quiere entrar la primera y coger sitio. Le pongo mala cara y le hago un aspaviento, y encima tiene la poca vergüenza de quedárseme mirando con cara de perro mientras intento avanzar entre el tumulto. Me vuelvo a enfadar y entro al otro tren con sonrisa de medio lado, mezcla de incredulidad y desprecio, imaginando cómo me vengaría de la señora. Fantaseo con ello mientras el tren continúa hasta que hace parada en Nuevos Ministerios, donde me pongo a mirar a través de la ventana. Veo a toda esa muchedumbre agolpándose para coger sitio en las escaleras mecánicas, donde cada persona, sola, ocupa un solo escalón, con la espalda rígida y sin moverse, como si fuese una cadena de montaje. Llega uno, sube a su escalón, comienza a subir; llega otro, ocupa su escalón y es arrastrado hacia arriba por la escalera mecánica. Sólo unos pocos valientes utilizan las otras escaleras, alejadas de la cadena de producción. Imagino que al final de las escaleras mecánicas no hay suelo, sino una inevitable caída a una trituradora descomunal que despedaza a esos títeres inertes; uno tras otro creando un festín de sangre y vísceras. Se forma una lluvia de cadáveres autómatas dirigida sobre las cuchillas que no ofrece resistencia a su destino, que continúa impasible alimentando la sedienta máquina. La boca de acero nunca tiene suficiente, fagocita insaciablemente su constante flujo de alimento sin dejar de segar a velocidad vertiginosa, realizando cortes limpios y cortes que hacen estallar los pellejos rellenos de sabrosa carne.
Continuará...
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26 de marzo de 2011
La Canción
-Dígame, ¿qué era lo que más le gustaba antes del incidente?
-¿Lo que más me gustaba? La música. Realmente adoraba la música. La amaba. Yo era lo que se dice un auténtico adicto a la música. Escuchaba música a todas horas; al levantarme, al ir a trabajar, en mi tiempo libre e incluso antes de dormir. Lo llamaba mi chute diario, porque era como uno de esos yonquis que van cada mañana a por su ración de metadona.
-¿Solía escuchar la canción?
-¿Que si solía? Era mi obsesión; la escuchaba cinco o seis veces al día, al menos. Y cuando no la estaba escuchando, pensaba frecuentemente en ella. No me la podía quitar de la cabeza.
-¿Por qué le gustaba tanto esa canción?
-Me evocaba muchos sentimientos. Para mí, aquella canción era la mayor expresión del arte, y lo sigo pensando. La cantidad de sensaciones encerradas en esa pista son innumerables, una síntesis incomparable de feliz tristeza y esperanza por lo que vendrá. ¿De verdad esto es importante?
-Mucho. Y dice usted que le hacía sentir muchas cosas… ¿sabe cómo se llama la canción?
-Claro. Waltz for the life will born, de Nujabes.
-Bien. ¿Recuerda usted algo del incidente?
-No. Me lo contaron más tarde. Al parecer hubo una explosión de gas, dijeron. Un golpe en la cabeza me produjo, como ellos dicen, amnesia temporal del suceso, y nunca he sabido lo que pasó realmente. Digo realmente porque, entre usted y yo, aquello de la explosión me pareció bastante extraño y no termino de creerlo.
-¿Cree que es mentira?
-…
-Veamos… ¿cuándo se quedó usted sordo?
-Al día siguiente de despertar por primera vez. Me dio una embolia por culpa de un fallo de los cirujanos que me produjo esta maldita sordera.
-¿Por culpa de los cirujanos?
-Eso he dicho. No sé cómo pero la cagaron, la cagaron a lo grande. Cuando salí denuncié al hospital y me pagaron mucho dinero. Pero el dinero no puede comprar lo que no se puede tocar… lo siento, otra vez me estoy yendo por las ramas.
-Continúe, no se avergüence.
-Me lo quitaron todo. Ya nunca podría escuchar el cantar de los pájaros o la voz de una mujer. Sería incapaz de oír el murmullo del mar, el crepitar del fuego o el rugir del viento. Y por encima de todo eso, estaba mi pasión, mi ilusión y mi musa. La música en todas sus expresiones. La perdí para siempre… Si le digo la verdad, pensé en quitarme la vida por ello. Lo pensé en el hospital y durante mucho tiempo después. Como usted comprenderá, no es una decisión que se tome en un sólo día, aunque como es evidente nunca llegué a hacer la idea realidad. No soy tan cobarde como para cometer el suicidio.
-Comprendo. Dígame, ¿cómo se sintió usted?
-¿Cómo me sentí? No podría expresarme suficientemente bien, la verdad. Sentí ira, tristeza, nostalgia, esperanza, decepción, y sobre todo, soledad. Me sentí muy solo. No simplemente por no poder comunicarme como lo hacía habitualmente, sino por lo que no podría volver a escuchar. Estaba en un pozo sin fondo donde no llegaba sonido alguno, donde todo era oscuridad a mi alrededor. Supongo que un ciego se debe sentir igual, aunque dada mi personalidad habría preferido ser ciego sin lugar a dudas.
-Entiendo… Explíqueme cuándo le sucedió el fenómeno.
-Exactamente el 26 de Febrero de 2010. No podría olvidarlo, es el mejor día de mi vida.
-¿Qué pasó?
-Supongo que ya lo sabrá. Escuché la canción. La oí. Fue algo incomprensible, mágico. Sentí de nuevo las notas, el ritmo, los sentimientos que emanan de esa obra. Gocé de nuevo de la esperanza que desprenden esos sonidos. Rodé sobre la verde hierba de una loma virgen, corrí bajo el abrazo del sol por un interminable campo de amapolas rojas, con el corazón henchido en una felicidad abrumadora. Lloré por las vidas que nacerán y las que ya se han ido. Me reencontré con mis amigos de la infancia, con mi primera novia, con mi abuela que nunca conocí… Verá, es muy difícil explicarle esto. Lo que le he dicho no es ni una ínfima parte de lo que experimenté. Compréndalo.
-Lo comprendo. De todas formas, no hace falta que se explaye usted tanto.
-Lo siento, me dejé llevar…
-Tranquilo, lo hace usted muy bien. ¿Y cómo es que escuchó la canción?
-Pues... estaba bastante angustiado, la verdad. No me hacía a la idea de no poder disfrutar de la música de nuevo. Eso fue en la época en que estaba totalmente deprimido y me planteaba el suicidio. El caso es que, más por desesperación que por voluntad, cogí el vinilo donde está el tema y lo puse en el tocadiscos. Sé que parece estúpido, pero sentí una chispa de esperanza que era… era como una astilla clavada en alguna parte de mi cuerpo. Estaba totalmente ido. “Como mínimo, veré girar el vinilo”, pensaba. Y ocurrió lo imposible.
-Desde luego.
-Es increíble. Por eso he venido. Para que puedan ustedes estudiarme. Si puedo escuchar esa canción, quizá pueda oír otras cosas. ¿No le parece, doctor?
-¿Doctor? ¿Quién le ha dicho que yo sea un doctor?
-¿Cómo?
-¿Realmente cree que puede oír, como por arte de magia, solamente esa canción?
-¿Qué clase de pregunta es esa? ¡Claro que lo creo! ¿A qué viene esto?
-Viene a si cree que lo que le ha pasado puede ser real. ¿Cómo es que no sucede con ningún otro sonido?
-¿Pero de qué me está usted hablando?
-Le estoy diciendo que lo que le ha pasado no es real. Que yo no soy ningún doctor y que usted nunca llegó a escuchar esa canción.
-¿Qué? No entiendo nada. ¡Quiero salir de aquí!
- ¿Salir de dónde? ¿Ve usted alguna pared? ¿Acaso el suelo? ¿Dónde cree que estamos? ¿Cómo ha llegado aquí?
-Por favor, déjeme en paz… esto es todo muy raro. Debe ser un sueño. Sí, eso, un sueño. Seguro que dentro de poco despertaré y no me acordaré de nada.
-Claro que es un sueño. El sueño de su vida. Seguirá en éste “sueño” toda la eternidad. Porque usted está muerto.
-¡¿Qué?!
-Murió aquel día, el 26 de Febrero, en su casa.
-¡Eso es mentira!
-Usted se suicidó después de comprobar que nunca más volvería a escuchar su canción. Se ahorcó en su piso con el tocadiscos todavía girando.
-¡No puede ser! No puede estar pasando…
-¿Acaso no es usted sordo? ¿Cómo es que estamos manteniendo una conversación? ¡No tiene ningún sentido!
-Pero…
-¿Pero? ¡Acéptelo, abra los ojos! ¿No ve que todo esto es producto de su mente? ¿Quién soy yo, acaso? ¿Cómo ha llegado usted hasta aquí?
-Pero…
-Creó esta realidad para creer que seguía vivo. ¡Olvidó su suicidio! ¿Cómo podría ser, si no, de otra manera?
-Si es así, ¿por qué me lo cuenta? Esto debe ser una pesadilla, aunque… Si, ahora que lo dice, no tiene ningún sentido. Pero no puede ser verdad que esté pasando si no es real. Debo de estar inconsciente. Sí, eso es. Seguro que entré en coma cuando sufrí la embolia. Claro, tiene que ser eso.
-¿Acaso tiene que aferrarse a la opción más lógica? ¿Creyó tanto tiempo que podía oír esa canción y ahora no puede creer esto? Le estoy ofreciendo únicamente la verdad. Y la verdad es que usted está muerto y ahora es sólo una conciencia pura libre de ataduras. Usted es su mundo.
-¿Por qué debería creerle? ¿Por qué no estoy en el cielo, en el infierno, en el limbo o junto a otras “conciencias puras”? Y si he creado este mundo, ¿por qué me lo cuenta? ¿Quién es usted?
-Yo no tengo nombre. Yo soy usted. Soy la pieza de su conciencia que desea ser libre, que está harta de esta farsa. Le estoy contando todo esto porque una parte de su mente está empezando a revelarse. Olvide esta mentira, reniegue de ella. ¿O acaso desea seguir viviendo su vida imaginaria donde es usted sordo? Porque esa será la única manera de que se sostenga su teatro. Se aferra a sus últimos años de vida como a un clavo ardiendo. Pero usted mismo se está rebelando contra su propia fantasía. Eso soy yo. Déjese llevar, rechace ésta ilusión.
-¿Y a dónde iré? ¿Qué me pasará?
-No lo sé, al igual que no lo sabe usted. Sólo sé que necesita conocer la verdad.
-¡No! ¿Para qué quiero la verdad? Puedo ser feliz con la música, o al menos con lo que me queda de ella. Esa canción es suficiente para mí. Si ya olvidé y creé una ilusión, ¡puedo volver a hacerlo! Si. Olvidaré todo esto y seguiré como hasta ahora. No necesito nada más que aquella canción.
-¡Vivirá en la mentira! ¿No le importa que no sea real?
-No, tengo lo que necesito. Mi preciada canción. ¿Y cómo que no será real? ¿Acaso esto no está sucediendo? ¿Cómo puede decir que no es real? He sentido innombrables experiencias en mi realidad, conocido gente nueva y visitado muchos lugares. ¿Por qué no es real?
-Porque como ya le he dicho es un producto de su mente. No es la auténtica realidad.
-¿No es la auténtica realidad para quién? ¿Para la gente supuestamente viva? Las personas de mi mundo son independientes, el mundo sigue siendo injusto y hay nuevos avances tecnológicos. Es mi realidad, la que yo vivo. ¿Cómo puedo saber si lo que he vivido hasta mi supuesto suicidio ha sido real? Quizá también era una invención mía. Quizá dejé de vivir hace mucho tiempo y esta conversación ha sucedido más veces. Pude haber muerto en el incidente y haber creado desde entonces. Nunca podré saberlo, porque voy a hacerlo ahora. Me gusta mi realidad, lo suficiente para aferrarme a ella. Si…, por esa canción lo haría sin dudarlo.
-¡No sea necio! ¡No lo haga!
-Claro que lo voy a hacer, porque aquí el único necio eres tú. ¿Creías que cedería? Lo único que has hecho ha sido perder mi tiempo. Quedarás relegado al rincón más oscuro de mi mente donde no podrás molestarme más. Borraré todo este asunto y nunca más volveré a verte. Pasaré la eternidad escuchando mi canción, mi amada canción.
Final alternativo: El Doctor
-Por favor, déjeme en paz… esto es todo muy raro. Debe ser un sueño. Sí, eso, un sueño. Seguro que dentro de poco despertaré y no me acordaré de nada.
-Claro que es un sueño. El sueño de su vida. Seguirá en éste “sueño” toda la eternidad. Porque usted está muerto.
-¡¿Qué?!
-Murió aquel día, el 26 de Febrero, en su casa.
-¡Eso es mentira!
-Usted se suicidó después de comprobar que nunca más volvería a escuchar su cancioncita. Se ahorcó en su piso con el tocadiscos todavía girando.
-¡Falacias! ¡No recuerdo nada de eso!
-Claro que no lo recuerda. Porque usted siempre ha sido un cobarde, lo fue hasta el momento de su muerte. Decidió acabar con su vida y sobrescribió los recuerdos de aquel día con una vaga ilusión en la que podía escuchar esa canción. Así ha creído que su vida ha seguido tan feliz y contenta hasta ahora. Optó por la vía fácil en vez de afrontar la dura realidad. Hasta que yo le he encontrado.
-¿Que usted me ha encontrado? ¿Quién es usted?
-Mi nombre es impronunciable. Yo soy una criatura más antigua que los dioses, que la vida y que el universo. Me alimento de las estúpidas ilusiones de cobardes criaturas como usted, que reniegan de la realidad por una historieta producto de su imaginación. Devoraré lo que usted ha llamado felicidad hasta que no le quede nada. Pasará el resto de la eternidad siendo una conciencia vacía como castigo por sus miserables actos. Va a experimentar lo que ustedes los humanos llaman soledad y arrepentimiento hasta el fin de los días. Pero no se preocupe, hasta entonces le atormentaré de tal manera que rezará por estar en el infierno. Todo el sufrimiento de la tierra es pequeño comparado con lo que va a experimentar. Ésta es mi realidad, y no servirá de nada que me implore clemencia.
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17 de febrero de 2011
El Competente
Nunca he sido una persona violenta. Siempre he pensado que cualquier problema se puede resolver por la vía pacífica, aunque tampoco he tenido muchos a lo largo de mi vida. Una vez leí que la violencia es el último recurso del incompetente, y siempre he sido una persona competente. Pero lo que me sucedió ha sido distinto.
Ayer observé cómo un hombre pegaba a su mujer. Lo vi a través de una ventana. El tipo no paraba de atizarla. Un puñetazo, luego otro, otro más; primero con la izquierda, luego con la derecha. El crujir del hueso marcaba el paso del tiempo, los gemidos llenaban la escena.
Como el bastardo no tenía intención de interrumpir la paliza, continué mi camino a casa mientras le daba vueltas al asunto. Recordé cómo el muy canalla golpeaba la masa deforme de lo que antes había sido la cara de la mujer. Como un metrónomo, constantemente al mismo ritmo. Subía y bajaba. Y ahora me estaba cabreando mucho. Entré en casa, cogí mi bate para jugar al béisbol del armario y antes de darme cuenta estaba esperándole en la puerta de su casa.
Me hizo esperar. No salió hasta la noche, y mientras tanto yo seguía pensando en la paliza. Estaba lleno de ira, y cuando apareció, mi cuerpo se movió solo. No respondía a mis órdenes. Le impacté con el bate horizontalmente en la boca, que creo se desencajó demasiado. Mientras que él yacía en el suelo gorgoteando sangre, yo seguía bateándole en la cara. Como un jugador de golf. De hecho, me pareció que yo tenía buen swing, pues ahora era yo el metrónomo. Subía y bajaba sin cesar mientras que su cabeza se hacía papilla. Me manché los zapatos y los pantalones, y seguramente la camisa estuviese igual. El rosado cerebro saltaba por doquier, pintaba la pared como lo hace un artista moderno con el auténtico rojo sangre. El maltratador ya no golpearía otra vez a aquella mujer.
Y yo no podía parar de reír. Como cuando le golpeé, mi cuerpo no me obedecía y las carcajadas eran ensordecedoras. Reía cuando elevaba el bate y reía cuando acertaba. El caos era… primitivo; la sangre saltaba en cascadas y la masa encefálica regaba la calle, el olor metálico inundaba el espacio mientras yo golpeaba frenéticamente su cabeza. Y me encontré en el paraíso. Experimenté el asesinato, sentí y provoqué la muerte en primera persona y libré al mundo de la escoria. Yo era la muerte y el bate mi voluntad, debía castigar a aquellos que profanaban el cuerpo como había sido dictado por la santa.
Cuando acabé, ese sentimiento se marchó. Fue como haber estado poseído, sólo que yo disfrutaba de cada instante, de cada impacto, de cada olor como nunca lo había hecho en mi vida. Y cuando el frenesí se esfumó encontré la escena bastante desagradable. El júbilo se evaporó y comenzaron las náuseas, así que decidí, de nuevo, irme a casa. Dejé el bate en el armario y dormí sin soñar.
Hoy me he levantado cuando ha sonado el despertador y he ido a trabajar. Por suerte o por desgracia, mi vida sigue con la misma monotonía que hace dos días. La verdad, no sé qué me sucedió. Nunca había sido una persona violenta.
Atentamente, Rellik Laires.
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11 de febrero de 2011
Decisión
Hoy he alcanzado una relajación inimaginable y sufrido la experiencia más hermosa de mi larga vida.
Me he desunido del cuerpo y he viajado al horizonte, donde el cielo se junta con la tierra. He conversado con los árboles y nadado en el desierto bajo el ardiente yugo del sol. He saboreado el olor de la montaña, danzado en el fondo del mar junto a innombrables criaturas y conversado con antiguos dioses olvidados. He hablado con Zaratustra y vislumbrado las sombras de la caverna. He vagado por el vasto universo y me he zambullido en el mar de las ilusiones. He inspirado a Dalí y sido la prosa de Goethe. Me he convertido en el placer, en los sueños, en las emociones; he sido todo y nada al mismo tiempo.
Y entonces, todo eso se fue. Desapareció a la velocidad de un impulso eléctrico. Se desvaneció como un mero recuerdo; volví a mi cuerpo y con él al mundo terrenal.
No sé si ocurrió de verdad. No podría asegurar si fue producto de mi perturbada mente o si estoy atrapado en esta jaula llamada realidad. Pero no puedo soportarlo más. Cada instante que pasa desde aquél momento es como una eternidad. El tiempo avanza a pasos ínfimos; cada hora que transcurre son días para mí. Deseo volver a la auténtica belleza lejos de éste enjambre de humanidad; allí donde los sueños no existen porque son la propia realidad, donde la música cobra forma y los olores se palpan. No puedo resistir.
Por eso he decidido quitarme la vida. Deseo ser libre otra vez donde no existe el paso del tiempo. Necesito volver.
Atentamente, Luos Eerf.
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